" ... cayó la mortaja hecha noche; la luna apenas si puede con su linterna sobre la bruma. Es la hora en que los sueños salen a caminar por los muelles... Él respira y construye el espejo de nuestras miserias y nuestras grandezas, aquellas que dejamos de lado cuando debemos enfrentar su furia; así y todo, nos ha sido dada la forma adecuada para saludarlo como un fruto de la memoria..." Fragmento de papel hallado en una botella, luego de la tempestad. Sergio Pravaz
El nacimiento de Cifar
Hay una isla en el playón,
pequeña
como la mano de un dios indígena.
Ofrece frutas rojas
a los pájaros
y al náufrago
la dulce sombra de un árbol.
Allí nació Cifar, el navegante,
cuando a su madre
se le llegó su fecha, solitaria
remando a Zapatera.
Metió el bote en el remanso
mientras giraban en las aguas
tiburones y sábalos
atraídos por la sangre.
Pablo Antonio Cuadra
playa
los poemas marinos acelerarán la llegada del verano
martes, 26 de julio de 2011
lunes, 4 de julio de 2011
el amor libre, eros y anarquía AA VV
El amor libre. Eros y anarquía AA VV
Durante mucho tiempo, amor libre fue sinónimo de unión libre: una relación no sujeta a leyes civiles ni religiosas. En épocas en las que el matrimonio era indisoluble y el divorcio un horizonte polémico, la libertad de dos personas de unirse prescindiendo de la ley y de separarse «cuando el amor llegue a su fin» era motivo de escándalo pero no contenía necesariamente la posterior idea de liberación sexual. Además, por lo general, era una definición de vínculo entre un hombre y una mujer, no entre dos o más personas del mismo sexo. Una vez desacralizados el matrimonio, la familia y la pareja hombre-mujer unidos «de por vida», la experiencia susurra al oído que la fidelidad es imposible, que la monogamia es una ilusión y que las leyes del deseo triunfan siempre sobre las leyes de la costumbre. La inocencia grita que el amor sólo puede ser libre, que la pluralidad de afectos es un hecho y que el deseo obedece a un orden natural, anterior y superior a todo mandato social establecido. Se titula El amor libre esta heterogénea –y mayormente heterosexual– selección de textos como homenaje a un título ya clásico de libros y artículos anarquistas y a un ideal que también pertenece a la tradición romántica y modernista.
Los textos son de: René Chaughi, Mijail Bakunin, Luigi Fabbri, Errico Malatesta, Evelio Boal, Paul Robin, Colectivo Crimethinc, Emma Goldman, Pepita Guerra, María Lacerda de Moura, Roberto de las Carreras, E. Armand, Grupo Atlantis, Giovanni Rossi Cardias, Los Diggers, América Scarfó. El compilador es Osvaldo Baigorria, escritor y periodista argentino. Editorial Txalaparta.
jueves, 9 de junio de 2011
bajo el volcan
Bajo el volcán
Film John Huston
Novela Malcolm Lowry
Cuernavaca es una provincia cotidiana para el paseante de la Ciudad de México, pero aparece para el espectador extranjero, en particular para la cinematografía de Estados Unidos, como un entorno de aventura. El 1 de noviembre de 1984, las calles de esa localidad, población situada no demasiado lejos del volcán Popocatépetl, se encuentran llenas de vida y color. Pero el espacio en el que reina mayor vitalidad son los panteones, pues al día siguiente se celebra el Día de Muertos, uno de las festejos más sentidos por los habitantes de todo el país. La película Bajo el volcán del director John Huston, montó sus escenarios allí. La cámara sigue a un hombre de mediana edad que contrasta con la multitud de mexicanos que festejan “Todos santos”. Lleva un traje negro formal, y sus ojos se ocultan tras unas gafas oscuras. Es un caballero respetable, pero su postura recta y erguida no basta para ocultar un paso levemente tambaleante. Estos gestos, simples pero extraños, sólo pueden significar lo siguiente: el ex cónsul británico Geoffrey Firmin (Albert Finney) es alcohólico. Durante las 24 horas siguientes se emborrachará sin parar, de hecho, beberá hasta su muerte.
Gabriel Figueroa había fotografiado para John Huston La noche de la iguana, adaptación de Tennessee Williams también rodada en México, y volvió a trabajar con el realizador en esta traslación de la (se decía) infilmable novela de Lowry. La crisis existencial de un diplomático británico en México, que deriva en el alcoholismo y la búsqueda de la muerte, interpretado con talento por Albert Finney. Pero es precisamente Figueroa quien ayuda a la creación de una atmósfera; construyendo un tono, que en cine es tarea difícil de lograr.
Huston decidió trasladarse a México (país que apreciaba desde hace muchos años). Aquí había descubierto o reafirmado muchas cosas que le fascinaban y marcaron para parte de su obra; ciertas formas del folklore nacional: las peleas de gallos, el mezcal, el tequila. Huston nuevamente instalaba sus sets en México para rodar una cinta donde el atormentado personaje principal buscaba la redención y la esperanza de su propio ser, al encontrarse con su ex esposa (a quien había dejado desde hace un año) después de que ésta había tenido una aventura con su hermanastro Hugh. En el transcurso de los desesperados excesos de la noche, Geoffrey visita un altar de la Virgen María. Yvonne, su mujer está dispuesta a darle otra oportunidad. Aunque su ebriedad y sus celos le han resultado insoportables, ama a Geoffrey, todavía, y no a Hugh. La pareja reconciliada acaba en la cama; pero Geoffrey se muestra impotente, incapaz de perdonarle a ella su infidelidad. Ansiaba el regreso de su mujer pero ahora no puede tolerar su presencia.
Hugh que luchó en la Guerra Civil Española en el bando republicano, ha estado buscando a Geoffrey desde la marcha de Yvonne. Los tres juntos toman el autobús a Tomalin para asistir a la festividad mexicana. Por el camino, se encuentran con un indígena moribundo a orillas de la carretera. Sin previo aviso, un grupo uniformado los obliga a volver a subir al camión; son miembros del ejército. Los tres observan indignados cómo uno de los pasajeros limpia con un pañuelo la sangre de las monedas que le ha robado al moribundo.
Más tarde, asisten a una corrida de toros. En la plaza reina un ambiente alegre y bullicioso, y Geoffrey e Yvonne se acercan mutuamente de nuevo. Parece que aún les queda un futuro por delante como pareja, y Geoffrey empieza a hacer planes: una casita en el mar, en algún lugar de Canadá, aunque Geoffrey sabe de antemano que son esperanzas vanas. En una violenta discusión impregnada de odio, abre el corazón a su verdad. Con las palabras “he escogido el infierno, el infierno es mi hábitat natural”, vuelve a huir de Yvonne y acaba en el peor antro del lugar, una taberna llamada “El farolito”.
Cuando Yvonne y Hugh lo alcanzan, lo encuentran con una prostituta. Poco después un grupo de hombres empieza a hacerle preguntas en la cantina. Afuera, Geoffrey ve un caballo; recuerda que pertenecía al indígena muerto y comprende que los hombres que lo interrogan agresivamente son sus asesinos. Cuando los increpa a gritos y en la cara, firma su sentencia de muerte. Lo asesinan. Espantado por los disparos, el caballo se desata, arrolla a Yvonne y la mata. En los últimos fotogramas de la película vemos el majestuoso volcán cubierto de nubes, antes de que la cámara descienda y recorra la barranca, una de las grietas profundas que plagan las llanuras de los cercanías del Popocatépetl; allí yace el cadáver de Geoffrey, como si hubiera quedado atrapado en las entrañas del infierno.
La novela de Malcolm Lowry, publicada en 1947, despliega una compleja red de alusiones simbólicas (la barranca, el volcán, el Farolito, el caballo, Día de Muertos, la imposibilidad de la salvación espiritual). La adaptación de John Huston logra extraer los elementos narrativos esenciales del libro y expresarlos con un lenguaje audio-visual intenso y sensitivo. La cámara subjetiva de Gabriel Figueroa le ofrece al espectador primeros planos que construyen la experiencia del protagonista, el tono logrado por la fotografía es la de una juerga y una cruda moral a la vez, si esto es posible. Y la lograda interpretación de Albert Finney dota a la película de una tensión dinámica que va mucho más allá del simple interés argumental. Es sobre todo gracias a su presencia física, vocal y gesticular que la película combina de forma tan convincente en la figura del bebedor solitario, su catástrofe política y su tragedia personal. Aquí, el cine narrativo y puro de John Huston ofrece mucho más que un examen conmovedor de la vida de un alcohólico. La fuerza expresiva de la película le revela al público un mundo en que la locura aparente es un vehículo para el credo de un gran moralista y escéptico, como lo fue Lowry.
Leyendo la imagen, la fotografía de Gabriel Figueroa (en este su último trabajo) llega hasta el fondo del espíritu corroído de un borracho y arroja luz sobre el devenir de un alma en pena (el propio Lowry) y los empeños de su personaje en la tumultuosa situación social de México y el mundo en 1938. En Bajo el volcán, Figueroa demostrará que también era virtuoso en el uso del color, su estrategia cromática hará sentir que la luz y el color que son vida, a veces también hieren.
Huston en Cuernavaca ocupó la misma casa en que el escritor Malcolm Lowry vivió. Allí, el director de cine tuvo una de las locaciones de Bajo el volcán. En un camino aledaño, franqueado por una barranca verde, Albert Finney iba y venía memorizando sus parlamentos; en otro lugar de la estancia, al aire libre por el calor sofocante, protegida por una sombrilla y vestida informalmente, estaba Jacqueline Bisset conversando con Emilio Fernández.
Emilio "el Indio" Fernández es punto y aparte para dar luz de la presencia de John Huston en México. Ellos se conocieron en 1925, cuando Huston visitó México por primera vez, y a donde acabó volviendo siempre. Incluso se decía, sin prueba alguna, que Huston había pertenecido por un tiempo a las tropas revolucionarias de Pancho Villa; o que con “el Indio” se había alistado, sin ninguna veracidad, en el cuerpo de la caballería mexicana, y que fueron desmovilizados en 1927. Así, “el Indio” lo introdujo en las corridas de toros, el arte precolombino, las apuestas más descabelladas, la atracción por practicar una variante local del juego de la "ruleta rusa" (arrojar una pistola cargada al aire); además de compartir el gusto mutuo por los caballos, las mujeres, y la cultura mexicana. Lo que sí es cierto es que estos dos realizadores-actores mantuvieron una larga amistad.
La periodista Lillian Ross, redactora del New Yorker, menciona en su libro “Rodando con Huston”, lo siguiente: “se puede apreciar que John Huston cuidó todos los detalles, en especial la ambientación y la dirección escénica, la composición visual, para sumergir de cierta manera al espectador en una gran intimidad que más que de conductas es de sentimientos. A pesar de su delicadeza, la obra no se aleja en lo más mínimo del historial de Huston, un director siempre obsesionado por lo que son los humanos en lo más profundo de su ser, de su esencia misma”. Huston conoció a Lowry en Cuernavaca antes que terminara la novela que reescribió varias veces. Lowry demoró más de diez años en terminarla, e hizo unas tres o cuatro versiones, hasta llegar a la definitiva. Lograr un guión de esta obra no era fácil, y se habían hecho otros intentos reconociendo la fuerza narrativa del libro; de hecho, Huston recibió cerca de cincuenta guiones antes de aceptar el de Guy Gallo. Huston y Gallo lo trabajaron juntos, durante meses, en Las Caletas, Puerto Vallarta, donde estableció su tercera y última residencia. Para Huston realizar este filme significaba concretar una antigua intención desde que leyó la novela.
Su película número 35 no era de alto presupuesto. Huston decía que la hizo rodeado de amigos. El productor, Michael Fitzgerald, le resaltó a Huston el guión de Guy Gallo. A la viuda de Lowry, Margarie Bonner, le pagaron 350 mil dólares, el gobierno de México, por medio de CONACINE, aportó un millón y medio de dólares, y la Fox y la Universal completaron cuatro millones, que para Hollywood era una cifra modesta.
Fragmento de: Raúl Miranda, El cine de John Huston descifra las claves del territorio mexicano.
martes, 31 de mayo de 2011
viernes, 13 de mayo de 2011
jueves, 28 de abril de 2011
trágica gaviota patagónica ( d Hector Peña)
Fermín sabía que la gaviota gris volvería esa tarde. O tal vez no; tal vez a ella también el tedio, la desesperanza, el abandono, la alejaran para siempre de aquel rincón perdido en la inmensidad patagónica. Pero el viejo sabía que era una tontería pensar eso, que las gaviotas como los caballos y los perros y los pumas y las ovejas no tenían esos problemas, esas angustias, esos abrojos del monte que se prenden porque sí en el alma de los humanos, asi fuesen ricos o pobres, blancos o negros, "léidos" o rústicos peones de campo...
Fermín era el puestero de la estancia "Los ñires" desde hacía seis años. Poco a poco había ido modificando aquella rústica construcción que le servía de vivienda: dos habitaciones hechas con un poco de madera de lenga, un poco de chapa, un poco de cartón y mucha soledad que parecía colarse por los requicios de algún mal ensamble, y también filtrarse por entre los viejos tablones del piso elevado cuando el casi infaltable viento del oeste barría con su saña habitual la Patagonia meridional. A pocos pasos estaba el ranchito que servía para guardar los fardos de pasto, herramientas, aperos y un poco de leña seca. Más allá, como escondido entre un matorral alto de calafates, el servicio de chapas oxidadas. Ese era su ámbito, a una legua y media de la estancia...
El caballo tenía solamente colocado el bozal, del cual pendía el cabestro. Ambos, obra de las manos hábiles del viejo Cachimba. Llevó al animal unos metros más lejos del rancho y ató el cabestro al extremo de un largo lazo; el otro extremo estaba fuertemente atado al tronco de una lenga. Ahí siempre ataba al guardiero. Tenía otro caballo, un azulejo ya veterano, al que por esa razón usaba muy de cuando en cuando. Era tan manso que lo dejaba pastar suelto; no se alejaba más de media legua del puesto.
Volvió y preparó finalmente el mate...
Entrecerrando los ojos grises empequeñecidos por esos párpados viejos que ya habían sostenido muchísimas madrugadas, recordó los tiempos pasados. Aquella sucesión de hechos, circunstancias, dolores y alegrías que configuraban su vida, solían llegara su memoria como una agridulce resaca que mecía, entre brumas de olvidos y nostalgia, el mar de los recuerdos. El viejo Cachimba creía ciertamente en el destino. Pero no en esa suerte de determinismo personal y excluyente, tal destino para fulano y tal destino para mengano. No, el destino era la vida, igual para todos. Era el tiempo, el suceder ineluctable de las noches y los días, de nevazones y de vientos, de vida y de muerte.
Siguó raspando suavemente el palito de calafate...
viernes, 22 de abril de 2011
Casablanca
TCM - El cine que ya tenías que haber visto > Galerías > Casablanca
Título original
Casablanca
USA - 1942 - 99 min.
Director: Michael Curtiz
Intérpretes: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains, Paul Henreid, Sydney Greenstreet
Sinopsis
"Casablanca" pertenece a esa selecta nómina de películas que, por inmortales y duraderas, continúan acaparando espectadores generación tras generación. Formó en nuestra imaginación el arquetipo de perdedor, Humphrey Bogart, con un pasado intenso y lleno de pliegues. Y con él, el de la mujer triste, abocada a un futuro que no controla, atrapada en un amor a todas luces imposible… Más de uno se pregunta cómo fue posible que una película tan salpicada de incidencias en su rodaje no sólo llegara a terminarse sino, además, a convertirse en el gran icono cinematográfico del siglo XX.
Título original
Casablanca
USA - 1942 - 99 min.
Director: Michael Curtiz
Intérpretes: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains, Paul Henreid, Sydney Greenstreet
Sinopsis
"Casablanca" pertenece a esa selecta nómina de películas que, por inmortales y duraderas, continúan acaparando espectadores generación tras generación. Formó en nuestra imaginación el arquetipo de perdedor, Humphrey Bogart, con un pasado intenso y lleno de pliegues. Y con él, el de la mujer triste, abocada a un futuro que no controla, atrapada en un amor a todas luces imposible… Más de uno se pregunta cómo fue posible que una película tan salpicada de incidencias en su rodaje no sólo llegara a terminarse sino, además, a convertirse en el gran icono cinematográfico del siglo XX.
viernes, 1 de abril de 2011
JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD
Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
Jorge Luis Borges, 1985
jueves, 24 de marzo de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
después - julia de burgos
Después
Cuando todo despierte, lo anunciarán los lirios,
que no supieron nunca vestirse sin mis albas;
lo arroparán, muriéndose, unas nubes ligeras,
y el mar me tendrá toda por siempre entre sus lágrimas.
La soledad del viento llenará los silencios...
Y vendrá la pregunta, la inevitable lanza
que hará sangrar lo único que existira de mí:
un recuerdo en la inmensa vibración de unas alas.
Y habrá quien se adelante a la espiga y la fuente
y enlutará mi nombre, y dirá unas palabras:
y hasta habrá quien me tire unas flores al mar,
como breve limosna a una vida que pasa.
Después, cuando se encrespe el mar violentamente,
dirán: “Es la conciencia fatal de esa muchacha,
tuvo muchos pecados por vivir siempre en verso,
y lo que se hace en tierra en la tierra se paga.”
Y yo, en un descuido de mis pobres hermanos,
me llevaré hasta el nombre de esta tierra sin alma;
que no quiero en mi manso retiro, recordarme
por el mundo del hombre, ¡paloma consternada!
miércoles, 16 de marzo de 2011
Carta de Françoise Sagan a Jean-Paul Sartre
Querido señor:
Le digo "querido señor" pensando en la interpretación infantil de esta palabra en el diccionario: "cualquier hombre". No voy a decirle "querido Jean-Paul Sartre", es demasiado periodístico, ni "querido Maestro" que es lo que usted detesta, ni "querido colega", que es abrumador. Hace muchos años que quería escribirle esta carta, casi treinta años en realidad, desde que comencé a leer su obra, y sobre todo desde hace diez o doce años, cuando a fuerza de ridiculizarla, la admiración se ha vuelto lo bastante rara como para que uno casi se felicite del ridículo. Quizá yo misma haya envejecido lo bastante o rejuvenecido lo bastante como para burlarme hoy de ese ridículo del cual usted, siempre magnífico, jamás se preocupó. Lo que me interesa es que reciba esta carta el 21 de junio, día fausto para Francia que vio nacer, con algunos lustros de intervalo a usted, a mí y más recientemente a Platini, tres excelentes personas llevadas en andas o pateadas salvajemente - en su caso y en el mío gracias a Dios sólo en sentido figurado - por excesos de honores o indignidades que ellas no se explican. Pero los veranos son cortos, agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario y sin embargo tenía que decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.
En 1950 empecé a leer de todo y, a partir de entonces sólo Dios o la literatura saben cómo he amado o admirado a una cantidad de escritores, especialmente los contemporáneos, de Francia y otros países. Más tarde conocí a algunos, seguí también la carrera de otros y aunque aún quedan muchos a quienes admiro como escritores, usted es el único que continúo admirando como hombre. Todo lo que prometió cuando tenía quince años, edad inteligente y severa, edad sin ambiciones precisas y por lo tanto sin concesiones, todas esas promesas usted las mantuvo. Escribió los libros más inteligentes y más honestos de su generación, hasta llegó a escribir el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo siempre se ha lanzado de cabeza en ayuda de los débiles y humillados, ha creído en la gente, en las causas, en generalidades, se ha equivocado a veces, eso, como todo el mundo, pero (y en esto contrariamente a todo el mundo) siempre lo ha reconocido. Ha rechazado obstinadamente todos los laureles morales y todas las retribuciones materiales de su gloria; ha rechazado el pretendidamente honorable premio Nobel cuando sin embargo carecía de lo necesario, tres veces le pusieron bombas en ocasión de la guerra de Argelia, arrojándolo a la calle sin pestañear siquiera; ha impuesto a los directores de teatro mujeres que le gustaban para papeles que necesariamente no se adecuaban a ellas, demostrando así pomposamente que, para usted, el amor al contrario podía ser "el brillante duelo de la gloria". En resumen, usted ha amado, escrito, compartido, dado todo lo que tenía para dar y que era lo importante, al mismo tiempo que ha rechazado todo lo que se le ofrecía y que era la importancia.
Ha sido hombre al mismo tiempo que escritor, nunca pretendió que el talento del segundo justificaba las debilidades del primero, ni que la felicidad de crear autorizaba por sí sola a despreciar o a ignorar a sus allegados, ni a los demás , todos los demás. Ni siquiera sostuvo que equivocarse con talento y buena fe legitimaba el error. En realidad no se ha refugiado tras esa famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, jamás actuó de Narciso, que sin embargo es uno de los tres papeles reservados a los escritores de nuestra época junto con el de petimetre y gran criado. Por el contrario, esa arma supuestamente de doble filo, lejos de atravesarlo con delicias y clamor como a muchos, usted quiso que en su mano fuera liviana, eficaz, ágil; usted la utilizó y la puso a disposición de las víctimas , de las verdaderas, las que no saben escribir, ni explicarse, ni luchar, ni siquiera quejarse. Y sin clamar después por justicia porque no quería juzgar, sin hablar de honor porque no quería recibir honores, sin invocar tampoco la generosidad porque ignoraba que usted era la generosidad misma, ha sido el único hombre justo, honrado y generoso de nuestra época, trabajando sin descanso, dando todo a los demás, viviendo sin lujos, pero también sin austeridad, sin tabúes y sin farras, salvo la de la escritura, haciendo el amor y dándolo, seduciendo, pero abiertamente dispuesto a ser seducido, dejando atrás a sus amigos, excediéndolos en velocidad e inteligencia y brillo, pero volviéndose sin cesar hacia ellos para ocultárselo. A menudo prefirió ser utilizado, ser engañado, a ser indiferente; y también a menudo fue decepcionado sin esperanzas.
¡Qué vida ejemplar para un hombre que nunca quiso ser un ejemplo! Y ahora está privado de la vista, sin poder leer según dicen, y debe sentirse seguramente lo más desdichado que imaginar pueda. Quizás entonces le alegre saber que en todos lados donde estuve durante estos veinte años, en el Japón, en Estados Unidos, en Noruega, en la provincia o en París, he visto a hombres y mujeres de todas las edades hablar de usted con esa admiración, esa confianza y hasta con esa misma gratitud que la que confieso aquí.
Este siglo se ha revelado loco, inhumano y podrido. Usted ha sido inteligente, tierno e incorruptible y sigue siéndolo.
Francoise Sagan, Laying in Bed Listening to Music
Le digo "querido señor" pensando en la interpretación infantil de esta palabra en el diccionario: "cualquier hombre". No voy a decirle "querido Jean-Paul Sartre", es demasiado periodístico, ni "querido Maestro" que es lo que usted detesta, ni "querido colega", que es abrumador. Hace muchos años que quería escribirle esta carta, casi treinta años en realidad, desde que comencé a leer su obra, y sobre todo desde hace diez o doce años, cuando a fuerza de ridiculizarla, la admiración se ha vuelto lo bastante rara como para que uno casi se felicite del ridículo. Quizá yo misma haya envejecido lo bastante o rejuvenecido lo bastante como para burlarme hoy de ese ridículo del cual usted, siempre magnífico, jamás se preocupó. Lo que me interesa es que reciba esta carta el 21 de junio, día fausto para Francia que vio nacer, con algunos lustros de intervalo a usted, a mí y más recientemente a Platini, tres excelentes personas llevadas en andas o pateadas salvajemente - en su caso y en el mío gracias a Dios sólo en sentido figurado - por excesos de honores o indignidades que ellas no se explican. Pero los veranos son cortos, agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario y sin embargo tenía que decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.
En 1950 empecé a leer de todo y, a partir de entonces sólo Dios o la literatura saben cómo he amado o admirado a una cantidad de escritores, especialmente los contemporáneos, de Francia y otros países. Más tarde conocí a algunos, seguí también la carrera de otros y aunque aún quedan muchos a quienes admiro como escritores, usted es el único que continúo admirando como hombre. Todo lo que prometió cuando tenía quince años, edad inteligente y severa, edad sin ambiciones precisas y por lo tanto sin concesiones, todas esas promesas usted las mantuvo. Escribió los libros más inteligentes y más honestos de su generación, hasta llegó a escribir el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo siempre se ha lanzado de cabeza en ayuda de los débiles y humillados, ha creído en la gente, en las causas, en generalidades, se ha equivocado a veces, eso, como todo el mundo, pero (y en esto contrariamente a todo el mundo) siempre lo ha reconocido. Ha rechazado obstinadamente todos los laureles morales y todas las retribuciones materiales de su gloria; ha rechazado el pretendidamente honorable premio Nobel cuando sin embargo carecía de lo necesario, tres veces le pusieron bombas en ocasión de la guerra de Argelia, arrojándolo a la calle sin pestañear siquiera; ha impuesto a los directores de teatro mujeres que le gustaban para papeles que necesariamente no se adecuaban a ellas, demostrando así pomposamente que, para usted, el amor al contrario podía ser "el brillante duelo de la gloria". En resumen, usted ha amado, escrito, compartido, dado todo lo que tenía para dar y que era lo importante, al mismo tiempo que ha rechazado todo lo que se le ofrecía y que era la importancia.
Ha sido hombre al mismo tiempo que escritor, nunca pretendió que el talento del segundo justificaba las debilidades del primero, ni que la felicidad de crear autorizaba por sí sola a despreciar o a ignorar a sus allegados, ni a los demás , todos los demás. Ni siquiera sostuvo que equivocarse con talento y buena fe legitimaba el error. En realidad no se ha refugiado tras esa famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, jamás actuó de Narciso, que sin embargo es uno de los tres papeles reservados a los escritores de nuestra época junto con el de petimetre y gran criado. Por el contrario, esa arma supuestamente de doble filo, lejos de atravesarlo con delicias y clamor como a muchos, usted quiso que en su mano fuera liviana, eficaz, ágil; usted la utilizó y la puso a disposición de las víctimas , de las verdaderas, las que no saben escribir, ni explicarse, ni luchar, ni siquiera quejarse. Y sin clamar después por justicia porque no quería juzgar, sin hablar de honor porque no quería recibir honores, sin invocar tampoco la generosidad porque ignoraba que usted era la generosidad misma, ha sido el único hombre justo, honrado y generoso de nuestra época, trabajando sin descanso, dando todo a los demás, viviendo sin lujos, pero también sin austeridad, sin tabúes y sin farras, salvo la de la escritura, haciendo el amor y dándolo, seduciendo, pero abiertamente dispuesto a ser seducido, dejando atrás a sus amigos, excediéndolos en velocidad e inteligencia y brillo, pero volviéndose sin cesar hacia ellos para ocultárselo. A menudo prefirió ser utilizado, ser engañado, a ser indiferente; y también a menudo fue decepcionado sin esperanzas.
¡Qué vida ejemplar para un hombre que nunca quiso ser un ejemplo! Y ahora está privado de la vista, sin poder leer según dicen, y debe sentirse seguramente lo más desdichado que imaginar pueda. Quizás entonces le alegre saber que en todos lados donde estuve durante estos veinte años, en el Japón, en Estados Unidos, en Noruega, en la provincia o en París, he visto a hombres y mujeres de todas las edades hablar de usted con esa admiración, esa confianza y hasta con esa misma gratitud que la que confieso aquí.
Este siglo se ha revelado loco, inhumano y podrido. Usted ha sido inteligente, tierno e incorruptible y sigue siéndolo.
Francoise Sagan, Laying in Bed Listening to Music
domingo, 13 de marzo de 2011
moscú, 13 de febrero de 1923 ( Antonio Gramsci , cartas a Yulca )
Moscú, 13 de febrero de 1923
Querida compañera:
He esperado a pie firme al terrible Dedoff. He tenido la fortuna de no verlo. El domingo pasado estuve en Sieriebriani bor. La compañera Genia estaba un poco nerviosa y deprimida, pero creo que en general está mejor: ha.. aprendido a andar y a mantenerse en equilibrio. Creo que este es el período más crítico de su convalescencia, cuando los deseos y las veleidades, que brotan del bullir de las fuerzas nacientes, tiran con urgencia y arrastran más allá de las posibilidades existentes.
¿Cuándo volverá usted a Moscú? Escríbame, mientras tanto, sobre su trabajo y sobre sus nuevas experiencias, que me interesan muchísimo. Sigo esperando y apenas si puedo trabajar de forma irregular. ¿Y la traducción?
¿Por qué no me la ha entregado? He sabido que la llevaba consigo. Sobre el partido italiano socialista sólo existe una colección de documentos del III Congreso de la que tengo dos ejemplares y que puede serle útil.
Saludos afectuosos
Gramsci
Querida compañera:
He esperado a pie firme al terrible Dedoff. He tenido la fortuna de no verlo. El domingo pasado estuve en Sieriebriani bor. La compañera Genia estaba un poco nerviosa y deprimida, pero creo que en general está mejor: ha.. aprendido a andar y a mantenerse en equilibrio. Creo que este es el período más crítico de su convalescencia, cuando los deseos y las veleidades, que brotan del bullir de las fuerzas nacientes, tiran con urgencia y arrastran más allá de las posibilidades existentes.
¿Cuándo volverá usted a Moscú? Escríbame, mientras tanto, sobre su trabajo y sobre sus nuevas experiencias, que me interesan muchísimo. Sigo esperando y apenas si puedo trabajar de forma irregular. ¿Y la traducción?
¿Por qué no me la ha entregado? He sabido que la llevaba consigo. Sobre el partido italiano socialista sólo existe una colección de documentos del III Congreso de la que tengo dos ejemplares y que puede serle útil.
Saludos afectuosos
Gramsci
miércoles, 9 de marzo de 2011
cartas poéticas e íntimas ( 1859-1886) de emily dickinson
15 de abril de 1862
Señor Higginston
Está usted muy ocupado para decirme si mi verso está vivo? La mente está tan cerca de sí misma -que no ve claramente- y no tengo a nadie a quien preguntar.
Si usted pensara que respira -y si tuviera tiempo de decírmelo, le quedaría muy agradecida-
Si cometo un error -que usted se atreviera a decirme- me sentiría muy honrada hacia usted.
Le adjunto mi nombre -pidiéndole, por favor- Señor, que me diga la verdad.
No es necesario pedirle -que no me traicione- pues el Honor es su propia prenda.
( Primera carta a Higginson . En lugar de firma Emily Dickinson adjunta una tarjeta con su nombre en un sobre aparte. En la carta incluía también cuatro poemas )
Señor Higginston
Está usted muy ocupado para decirme si mi verso está vivo? La mente está tan cerca de sí misma -que no ve claramente- y no tengo a nadie a quien preguntar.
Si usted pensara que respira -y si tuviera tiempo de decírmelo, le quedaría muy agradecida-
Si cometo un error -que usted se atreviera a decirme- me sentiría muy honrada hacia usted.
Le adjunto mi nombre -pidiéndole, por favor- Señor, que me diga la verdad.
No es necesario pedirle -que no me traicione- pues el Honor es su propia prenda.
( Primera carta a Higginson . En lugar de firma Emily Dickinson adjunta una tarjeta con su nombre en un sobre aparte. En la carta incluía también cuatro poemas )
sábado, 26 de febrero de 2011
son de negros en cuba
Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüefla,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago.
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre he dicho que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de calaveras!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.
martes, 8 de febrero de 2011
ema, la cautiva
... La montaña terminaba, se abría sobre el vacío,a una entrada superior a las entradas del norte. No había parapeto. Pero sentados en el suelo, a dos metros del borde, podían ver un paisaje con el que ninguno de ellos había soñado nunca.
Nada interrumpia la visión. Una playa inmensa y desierta, blanca de nieve, y a lo lejos el mar, la famosa bahía, que ahora más que nunca merecía su nombre de "Blanca". Todo era blanco, el cielo y la tierra. La nieve caía sobre las olas, de las que no percibían más que la agitación. Ni un solo pájaro cruzaba el espacio. La nubes formaban una película pulida.
Suspiraron, sin hallar nada que decir. El blanco les había reducido las pupilas al mínimo. Encendieron cigarrillos y se quedaron allí hasta el anochecer, entre sueño y vigilia. Cuando empezó a apretar el frío volvieron al abrigo de los salones internos. Con todo el laberinto para ellos, se dispersaron.
- Mañana podremos bajar al mar -dijo Ema. ...
domingo, 6 de febrero de 2011
lunes, 24 de enero de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
Tubinga, enero - Paul Celan
A la ceguera convencidos ojos.
Su –“un
enigma es brotar
puro”- su
recuerdo de
flotantes torres de Hölderlin, de gaviotas
revoloteadas.
Visitas de carpinteros ahogados con
estas
palabras sumergiéndose:
Si viniera,
si viniera un hombre,
si viniera un hombre al mundo, hoy, con
la barba de luz de
los patriarcas: debería,
si hablara de este
tiempo,
debería
sólo balbucir y balbucir,
siempre-, siempre-,
así así.
(Pallaksch, Pallaksch)
En La rosa de nadie , 1961
(Traducción de José Luis Reina Palazón)
Su –“un
enigma es brotar
puro”- su
recuerdo de
flotantes torres de Hölderlin, de gaviotas
revoloteadas.
Visitas de carpinteros ahogados con
estas
palabras sumergiéndose:
Si viniera,
si viniera un hombre,
si viniera un hombre al mundo, hoy, con
la barba de luz de
los patriarcas: debería,
si hablara de este
tiempo,
debería
sólo balbucir y balbucir,
siempre-, siempre-,
así así.
(Pallaksch, Pallaksch)
En La rosa de nadie , 1961
(Traducción de José Luis Reina Palazón)
sábado, 15 de enero de 2011
hemingway en cuba
Hemingway llegó a Cuba por primera vez en 1928, procedente de París, acompañado de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, y sólo permaneció dos días en La Habana en espera del buque que lo trasladaría a Cayo Hueso, llevando en su maleta el manuscrito de su novela ``Adiós a las armas''. Allí se albergó nuevamente a su vuelta a la isla en 1932 con el propósito de pescar en aguas cubanas, cuando regresó un año después y comenzó a escribir el borrador de ``Por quién doblan las campanas''.
``El hotel Ambos Mundos era un buen sitio para escribir'', confesó Hemingway en una entrevista. En ese hotel, ubicado muy cerca del puerto de La Habana, se alojó el escritor entre 1932 y 1939 en la habitación 511, donde se afirma que escribió algunos de sus más famosos cuentos. El Ambos Mundos fue reabierto en enero de 1977, tras ser sometido a una restauración de varios años en la que se respetó la habitación preferida por el novelista. La pieza que mantuvo reservada Hemingway durante varios años en el quinto piso del edificio, mantiene el piso original y en los últimos años ha servido como sala de exposiciones de algunos de sus objetos personales.
Al poco tiempo alquiló la finca Vigía, que más tarde compró, una propiedad a 15 kilómetros de La Habana, que posteriormente se convirtió en su lugar de residencia durante sus largas estancias en la capital cubana y unos meses después de su muerte fue convertida en museo. Fue su tercera esposa, Marta Gellhorn quien encontró ese apartado lugar, en la localidad de San Francisco de Paula.
``El hotel Ambos Mundos era un buen sitio para escribir'', confesó Hemingway en una entrevista. En ese hotel, ubicado muy cerca del puerto de La Habana, se alojó el escritor entre 1932 y 1939 en la habitación 511, donde se afirma que escribió algunos de sus más famosos cuentos. El Ambos Mundos fue reabierto en enero de 1977, tras ser sometido a una restauración de varios años en la que se respetó la habitación preferida por el novelista. La pieza que mantuvo reservada Hemingway durante varios años en el quinto piso del edificio, mantiene el piso original y en los últimos años ha servido como sala de exposiciones de algunos de sus objetos personales.
Al poco tiempo alquiló la finca Vigía, que más tarde compró, una propiedad a 15 kilómetros de La Habana, que posteriormente se convirtió en su lugar de residencia durante sus largas estancias en la capital cubana y unos meses después de su muerte fue convertida en museo. Fue su tercera esposa, Marta Gellhorn quien encontró ese apartado lugar, en la localidad de San Francisco de Paula.
jueves, 13 de enero de 2011
Moon Goes Through Phases ~ Haiku
Moon goes through phases /She waxes and she wanes / Love is not constant.
Christine A Kysely (Merrill, Wisconsin USA)
Moon Sings Lullaby ~ Haiku
Blue waters see earth
Blanket covers sky at night
Christine A Kysely ( Merrill, Wisconsin USA)
Moon sings lullaby.
Christine A Kysely ( Merrill, Wisconsin USA)
jueves, 6 de enero de 2011
Vuelo nocturno
I
Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el oro del atardecer. Las llanuras tornábanse luminosas, pero de una luz inagotable: en este país no cesaban de exhalar su oro, como, terminado el invierno, no cesaban de entregar su nieve.
Y el piloto Fabien que, del extremo Sur, conducía a Buenos Aires el correo de Patagonia, conocía la proximidad de la noche por las mismas señales que las aguas de un puerto: por ese sosiego, por esas ligeras arrugas que dibujaban apenas los tranquilos celajes. Penetraba en una rada, inmensa y feliz.
También hubiera podido creer que, en aquella quietud, se paseaba lentamente casi cual un pastor. Los pastores de Patagonia andan, sin apresurarse, de uno a otro rebaño; él andaba de una a otra ciudad, era el pastor de los villorrios. Cada dos horas, encontraba algunos de ellos que se acercaban a beber en el ribazo de un río o que pacían en la llanura.
A veces, después de cien kilómetros de estepas más deshabitadas que el mar, cruzaba por encima de una granja perdida, que parecía arrastrar, hacia atrás, en una marejada de praderas, su cargamento de vidas humanas: con las alas, saludaba entonces aquel navio.
«San Julián a la vista: aterrizaremos dentro de diez minutos.»
El «radio» comunicaba la noticia a todas las estaciones de la línea. Semejantes escalas se sucedían, cual eslabones de una cadena, a lo largo de dos mil quinientos kilómetros, desde el estrecho de Magallanes hasta Buenos Aires; pero la de ahora se abría sobre las fronteras de la noche como, en África, la última aldea sometida se abre sobre el misterio.
El «radio» pasó un papel al piloto:
«Hay tantas tormentas que las descargas colman mis auriculares. ¿Haréis noche en San Julián?»
Fabien sonrió: el cielo estaba terso cual un acuario, y todas las escalas, ante ellos, les anunciaban: «Cielo puro, viento nulo.» Respondió: «Continuaremos.»
Pero el «radio» pensaba que las tormentas se habían aposentado en algún lugar, como los gusanos se instalan en un fruto: y así, la noche sería hermosa, pero, no obstante, estaría estropeada. Le repugnaba entrar en aquella oscuridad próxima a pudrirse.
Al descender sobre San Julián, con el motor en retardo, Fabien se sintió cansado. Todo lo que alegra la vida de los hombres corría, agrandándose, hacia él: las casas, los cafetuchos, los árboles de la avenida. Él parecía un conquistador que, en el crepúsculo de sus empresas, se inclina sobre las tierras del imperio y descubre la humilde felicidad de los hombres. Fabien experimentaba la necesidad de deponer las armas, de sentir la torpeza y el cansancio que le embargaban —y también se es rico de las propias miserias— y de vivir aquí cual hombre simple, que contempla a través de la ventana una visión ya inmutable. Hubiera aceptado esa aldea minúscula: después de escoger, se conforma uno con el azar de la propia existencia e incluso puede amarla. Os limita como el amor. Fabien hubiera deseado vivir aquí largo tiempo, recoger aquí su porción de eternidad, pues las pequeñas ciudades, donde vivía una hora, y los jardines rodeados de viejos muros, sobre los cuales volaba, le parecían, fuera de él, eternos en duración. La aldea subía hacia la tripulación, abriéndose. Y Fabien pensaba en las amistades, en las jovencitas, en la intimidad de los blancos manteles, en todo lo que, lentamente, se familiariza con la eternidad. La aldea se deslizaba ya rozando las alas, desplegando el misterio de sus jardines cercados, a los que sus muros ya no protegían. Pero Fabien, después de aterrizar, supo que sólo había visto el lento movimiento de algunos hombres entre las piedras. Aquella aldea, con su sola inmovilidad, guardaba el secreto de sus pasiones; aquella aldea, denegaba su suavidad: para conquistarla hubiera sido preciso renunciar a la acción.
Transcurridos los diez minutos de escala, Fabien reemprendió el vuelo.
Volvióse hacia San Julián, que ya no era más que un puñado de luces, y luego de estrellas. Más tarde se disipó la polvareda que, por última vez, le tentó.
«Ya no veo los cuadrantes; voy a encender la luz.»
Tocó los contactos, pero las lámparas rojas de la carlinga derramaron sobre las agujas una luz tan diluida aún en aquella azulada claridad diurna, que no llegó a colorearlas. Pasó la mano por delante de una bombilla y apenas si se tiñeron sus dedos. «Demasiado pronto.»
No obstante, la noche ascendía, cual humo oscuro, colmando los valles. Éstos no se distinguían ya de las llanuras. Y se iluminaban los pueblos y las constelaciones de sus luces se contestaban unas a otras. Él también, haciendo parpadear con el dedo sus luces de posición, respondía a los pueblos. La tierra estaba llena de llamadas luminosas; cada casa encendía su estrella, frente a la inmensa noche, del mismo modo que se vuelve un faro hacia el mar. Todo lo que cubría una vida humana, centelleaba. Fabien se admiraba de que la entrada de la noche fuese, esta vez, como una entrada en una rada, lenta y bella.
Sumergió su cabeza en la carlinga. El radio de las agujas empezaba a brillar. Una después de otra, el piloto comprobó las cifras, y quedó satisfecho. Se descubría sólidamente sentado en el cielo. Rozó con el dedo un larguero de acero, y percibió el metal chorreando vida: el metal no vibraba, pero vivía. Los quinientos caballos del motor engendraban en la materia un fluido muy suave, que cambiaba su hielo en carne aterciopelada. Una vez más, el piloto no experimentaba, en el vuelo, ni vértigo, ni embriaguez, sino el trabajo misterioso de un cuerpo vivo.
Ahora, se había recompuesto un mundo, donde, a codazos, trataba de lograr un lugar cómodo.
Golpeteó el cuadro de distribución eléctrica, tocó uno a uno los contactos, removióse un poco, se recostó mejor, y buscó la posición más cómoda para sentir el balanceo de las cinco toneladas de metal, que una noche viviente llevaba sobre sus espaldas. Luego, tanteó, colocó en su sitio la lámpara de socorro, la dejó, la tocó de nuevo para asegurarse de que no se deslizaba, la dejó después para golpetear cada clavija, y encontrarlas sin equivocarse, educando así a sus dedos en un mundo ciego. Luego, cuando estuvieron adiestrados, se permitió encender una lámpara, adornar su carlinga con instrumentos de precisión, vigilando, sólo en los cuadrantes, su entrada en la noche, como en un declive. Luego, como nada vacilaba, ni vibraba, ni temblaba, y permanecían fijos el giróscopo, el altímetro y el régimen del motor, desperezóse un poco, apoyó su nuca en el cuero del respaldo, e inició esta profunda meditación del vuelo, en la que se saborea una esperanza inexplicable.
Ahora, como un velador en el corazón de la noche, descubre que la oscuridad muestra al hombre; esas llamadas, esas luces, esa inquietud. Esa simple estrella en la oscuridad; el aislamiento de una casa. Hay una que se apaga: es una mansión que se cierra sobre su amor.
O sobre su tedio. Es una casa que cesa de hacer su ademán al resto del mundo. No saben lo que esperan, ante su lámpara, esos campesinos, acodados sobre la mesa; ignoran que su deseo, en la enorme noche que los rodea, vaya tan lejos. Pero Fabien lo descubre cuando, tras haber recorrido mil kilómetros, percibe cómo unas olas de fondo, profundas, elevan y hacen descender el avión, que respira, cuando ha atravesado diez tormentas, cual países en guerra, y, entre ellas, algunos claros de luna; cuando alcanza esas luces, una después de otra, con la sensación de vencer. Aquellos hombres creen que la lámpara brilla para su humilde mesa, pero alguien, a ochenta kilómetros, percibe el brillo de esa luz, como si, desesperados, la balanceasen; ante el mar, desde una isla desierta.
Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el oro del atardecer. Las llanuras tornábanse luminosas, pero de una luz inagotable: en este país no cesaban de exhalar su oro, como, terminado el invierno, no cesaban de entregar su nieve.
Y el piloto Fabien que, del extremo Sur, conducía a Buenos Aires el correo de Patagonia, conocía la proximidad de la noche por las mismas señales que las aguas de un puerto: por ese sosiego, por esas ligeras arrugas que dibujaban apenas los tranquilos celajes. Penetraba en una rada, inmensa y feliz.
También hubiera podido creer que, en aquella quietud, se paseaba lentamente casi cual un pastor. Los pastores de Patagonia andan, sin apresurarse, de uno a otro rebaño; él andaba de una a otra ciudad, era el pastor de los villorrios. Cada dos horas, encontraba algunos de ellos que se acercaban a beber en el ribazo de un río o que pacían en la llanura.
A veces, después de cien kilómetros de estepas más deshabitadas que el mar, cruzaba por encima de una granja perdida, que parecía arrastrar, hacia atrás, en una marejada de praderas, su cargamento de vidas humanas: con las alas, saludaba entonces aquel navio.
«San Julián a la vista: aterrizaremos dentro de diez minutos.»
El «radio» comunicaba la noticia a todas las estaciones de la línea. Semejantes escalas se sucedían, cual eslabones de una cadena, a lo largo de dos mil quinientos kilómetros, desde el estrecho de Magallanes hasta Buenos Aires; pero la de ahora se abría sobre las fronteras de la noche como, en África, la última aldea sometida se abre sobre el misterio.
El «radio» pasó un papel al piloto:
«Hay tantas tormentas que las descargas colman mis auriculares. ¿Haréis noche en San Julián?»
Fabien sonrió: el cielo estaba terso cual un acuario, y todas las escalas, ante ellos, les anunciaban: «Cielo puro, viento nulo.» Respondió: «Continuaremos.»
Pero el «radio» pensaba que las tormentas se habían aposentado en algún lugar, como los gusanos se instalan en un fruto: y así, la noche sería hermosa, pero, no obstante, estaría estropeada. Le repugnaba entrar en aquella oscuridad próxima a pudrirse.
Al descender sobre San Julián, con el motor en retardo, Fabien se sintió cansado. Todo lo que alegra la vida de los hombres corría, agrandándose, hacia él: las casas, los cafetuchos, los árboles de la avenida. Él parecía un conquistador que, en el crepúsculo de sus empresas, se inclina sobre las tierras del imperio y descubre la humilde felicidad de los hombres. Fabien experimentaba la necesidad de deponer las armas, de sentir la torpeza y el cansancio que le embargaban —y también se es rico de las propias miserias— y de vivir aquí cual hombre simple, que contempla a través de la ventana una visión ya inmutable. Hubiera aceptado esa aldea minúscula: después de escoger, se conforma uno con el azar de la propia existencia e incluso puede amarla. Os limita como el amor. Fabien hubiera deseado vivir aquí largo tiempo, recoger aquí su porción de eternidad, pues las pequeñas ciudades, donde vivía una hora, y los jardines rodeados de viejos muros, sobre los cuales volaba, le parecían, fuera de él, eternos en duración. La aldea subía hacia la tripulación, abriéndose. Y Fabien pensaba en las amistades, en las jovencitas, en la intimidad de los blancos manteles, en todo lo que, lentamente, se familiariza con la eternidad. La aldea se deslizaba ya rozando las alas, desplegando el misterio de sus jardines cercados, a los que sus muros ya no protegían. Pero Fabien, después de aterrizar, supo que sólo había visto el lento movimiento de algunos hombres entre las piedras. Aquella aldea, con su sola inmovilidad, guardaba el secreto de sus pasiones; aquella aldea, denegaba su suavidad: para conquistarla hubiera sido preciso renunciar a la acción.
Transcurridos los diez minutos de escala, Fabien reemprendió el vuelo.
Volvióse hacia San Julián, que ya no era más que un puñado de luces, y luego de estrellas. Más tarde se disipó la polvareda que, por última vez, le tentó.
«Ya no veo los cuadrantes; voy a encender la luz.»
Tocó los contactos, pero las lámparas rojas de la carlinga derramaron sobre las agujas una luz tan diluida aún en aquella azulada claridad diurna, que no llegó a colorearlas. Pasó la mano por delante de una bombilla y apenas si se tiñeron sus dedos. «Demasiado pronto.»
No obstante, la noche ascendía, cual humo oscuro, colmando los valles. Éstos no se distinguían ya de las llanuras. Y se iluminaban los pueblos y las constelaciones de sus luces se contestaban unas a otras. Él también, haciendo parpadear con el dedo sus luces de posición, respondía a los pueblos. La tierra estaba llena de llamadas luminosas; cada casa encendía su estrella, frente a la inmensa noche, del mismo modo que se vuelve un faro hacia el mar. Todo lo que cubría una vida humana, centelleaba. Fabien se admiraba de que la entrada de la noche fuese, esta vez, como una entrada en una rada, lenta y bella.
Sumergió su cabeza en la carlinga. El radio de las agujas empezaba a brillar. Una después de otra, el piloto comprobó las cifras, y quedó satisfecho. Se descubría sólidamente sentado en el cielo. Rozó con el dedo un larguero de acero, y percibió el metal chorreando vida: el metal no vibraba, pero vivía. Los quinientos caballos del motor engendraban en la materia un fluido muy suave, que cambiaba su hielo en carne aterciopelada. Una vez más, el piloto no experimentaba, en el vuelo, ni vértigo, ni embriaguez, sino el trabajo misterioso de un cuerpo vivo.
Ahora, se había recompuesto un mundo, donde, a codazos, trataba de lograr un lugar cómodo.
Golpeteó el cuadro de distribución eléctrica, tocó uno a uno los contactos, removióse un poco, se recostó mejor, y buscó la posición más cómoda para sentir el balanceo de las cinco toneladas de metal, que una noche viviente llevaba sobre sus espaldas. Luego, tanteó, colocó en su sitio la lámpara de socorro, la dejó, la tocó de nuevo para asegurarse de que no se deslizaba, la dejó después para golpetear cada clavija, y encontrarlas sin equivocarse, educando así a sus dedos en un mundo ciego. Luego, cuando estuvieron adiestrados, se permitió encender una lámpara, adornar su carlinga con instrumentos de precisión, vigilando, sólo en los cuadrantes, su entrada en la noche, como en un declive. Luego, como nada vacilaba, ni vibraba, ni temblaba, y permanecían fijos el giróscopo, el altímetro y el régimen del motor, desperezóse un poco, apoyó su nuca en el cuero del respaldo, e inició esta profunda meditación del vuelo, en la que se saborea una esperanza inexplicable.
Ahora, como un velador en el corazón de la noche, descubre que la oscuridad muestra al hombre; esas llamadas, esas luces, esa inquietud. Esa simple estrella en la oscuridad; el aislamiento de una casa. Hay una que se apaga: es una mansión que se cierra sobre su amor.
O sobre su tedio. Es una casa que cesa de hacer su ademán al resto del mundo. No saben lo que esperan, ante su lámpara, esos campesinos, acodados sobre la mesa; ignoran que su deseo, en la enorme noche que los rodea, vaya tan lejos. Pero Fabien lo descubre cuando, tras haber recorrido mil kilómetros, percibe cómo unas olas de fondo, profundas, elevan y hacen descender el avión, que respira, cuando ha atravesado diez tormentas, cual países en guerra, y, entre ellas, algunos claros de luna; cuando alcanza esas luces, una después de otra, con la sensación de vencer. Aquellos hombres creen que la lámpara brilla para su humilde mesa, pero alguien, a ochenta kilómetros, percibe el brillo de esa luz, como si, desesperados, la balanceasen; ante el mar, desde una isla desierta.
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