Hemingway llegó a Cuba por primera vez en 1928, procedente de París, acompañado de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, y sólo permaneció dos días en La Habana en espera del buque que lo trasladaría a Cayo Hueso, llevando en su maleta el manuscrito de su novela ``Adiós a las armas''. Allí se albergó nuevamente a su vuelta a la isla en 1932 con el propósito de pescar en aguas cubanas, cuando regresó un año después y comenzó a escribir el borrador de ``Por quién doblan las campanas''.
``El hotel Ambos Mundos era un buen sitio para escribir'', confesó Hemingway en una entrevista. En ese hotel, ubicado muy cerca del puerto de La Habana, se alojó el escritor entre 1932 y 1939 en la habitación 511, donde se afirma que escribió algunos de sus más famosos cuentos. El Ambos Mundos fue reabierto en enero de 1977, tras ser sometido a una restauración de varios años en la que se respetó la habitación preferida por el novelista. La pieza que mantuvo reservada Hemingway durante varios años en el quinto piso del edificio, mantiene el piso original y en los últimos años ha servido como sala de exposiciones de algunos de sus objetos personales.
Al poco tiempo alquiló la finca Vigía, que más tarde compró, una propiedad a 15 kilómetros de La Habana, que posteriormente se convirtió en su lugar de residencia durante sus largas estancias en la capital cubana y unos meses después de su muerte fue convertida en museo. Fue su tercera esposa, Marta Gellhorn quien encontró ese apartado lugar, en la localidad de San Francisco de Paula.
" ... cayó la mortaja hecha noche; la luna apenas si puede con su linterna sobre la bruma. Es la hora en que los sueños salen a caminar por los muelles... Él respira y construye el espejo de nuestras miserias y nuestras grandezas, aquellas que dejamos de lado cuando debemos enfrentar su furia; así y todo, nos ha sido dada la forma adecuada para saludarlo como un fruto de la memoria..." Fragmento de papel hallado en una botella, luego de la tempestad. Sergio Pravaz
El nacimiento de Cifar
Hay una isla en el playón,
pequeña
como la mano de un dios indígena.
Ofrece frutas rojas
a los pájaros
y al náufrago
la dulce sombra de un árbol.
Allí nació Cifar, el navegante,
cuando a su madre
se le llegó su fecha, solitaria
remando a Zapatera.
Metió el bote en el remanso
mientras giraban en las aguas
tiburones y sábalos
atraídos por la sangre.
Pablo Antonio Cuadra
playa
los poemas marinos acelerarán la llegada del verano
sábado, 15 de enero de 2011
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