El nacimiento de Cifar







Hay una isla en el playón,

pequeña

como la mano de un dios indígena.


Ofrece frutas rojas

a los pájaros

y al náufrago

la dulce sombra de un árbol.


Allí nació Cifar, el navegante,

cuando a su madre

se le llegó su fecha, solitaria

remando a Zapatera.


Metió el bote en el remanso

mientras giraban en las aguas

tiburones y sábalos

atraídos por la sangre.



Pablo Antonio Cuadra







playa

playa
los poemas marinos acelerarán la llegada del verano

jueves, 30 de diciembre de 2010

La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

J. L. Borges

lunes, 27 de diciembre de 2010

Juanes - Rosario Tijeras

rosario tijeras , jorge franco ramos

rosario tijeras

Dirección: Emilio Maillé.


Países: México, Colombia, España, Francia y Brasil.
Año: 2005.
Duración: 126 min.
Género: Thriller.

Interpretación: Flora Martínez (Rosario Tijeras), Unax Ugalde (Antonio), Manolo Cardona (Emilio), Rodrigo Oviedo (Johnefe), Alonso Arias (Ferney), Alejandra Borrero (Doña Ruby), Alex Cox (Donovan).
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos.
Producción: Matthias Ehrenberg y Gustavo Ángel.
Música: Roque Baños.
Fotografía: Pascal Martí.
Montaje: Irene Blecua.
Diseño de producción: Salvador Parra.
Vestuario: Luz Helena Cárdenas.


SINOPSIS



Medellín de noche, visto desde los aires, con sus luces que parpadean lentamente . Antonio (Unax Ugalde) y Emilio (Manolo Cardona), dos amigos de clase alta, la conocen en una discoteca donde todos se encuentran. Es Rosario (Flora Martínez). Y Rosario que siempre ha conocido una versión de la vida, de pronto ve otro camino. Antonio el introvertido, y Emilio el galán, sucumben frente a la sen-sualidad de esta mujer y ella frente a su inocencia y su frescura. Así, debajo de las nubes de la ciudad, de la fuerza de sus montañas y con un cielo azul de techo, Rosario, Antonio y Emilio se van a amar, a destruir y a remendar las costuras rotas que cada uno carga. A crear una relación donde podía no haber nada. Pero donde todos se dieron lo que buscaban. Tarde o temprano el destino le reserva a Rosario lo que le tenía guardado. Nos la encontramos en un hospital, entrando a urgencias "perforada por todos lados". Le dispararon mientras la besaban, a su manera. Antonio espera su muerte en los pasillos del hospital, con un reloj que nunca avanza y la tensión flotando en el aire. La amaron todos, la tuvieron algunos, pero ella sólo le dio el corazón a uno. A Antonio. La muerte y el amor caminaron juntos, a Rosario la mató una bala que dispararon hace tiempo y que la obligó a correr hasta que no dio más, hasta que se dejó alcanzar. Esta es la historia de su vida, es la historia de amor de los tres, es la historia de una ciudad que late fuerte como un corazón enamorado, en donde todo sucede, todo se olvida y todo recomienza.

sábado, 11 de diciembre de 2010

viaje al país de los houyhnhnms

Capítulo 8

...
Como viví tres años en aquel país, supongo que el lector esperará que, a ejemplo de los demás viajeros, le de alguna noticia de las maneras y costumbres de los habitantes, los cuales era natural que constituyesen el principal objeto de mi estudio. Como estos nobles houyhnhnms están dotados por la Naturaleza con una disposición genral para todas las virtudes, no tienen idea ni concepción de lo que es el mal en los seres racionales; así, su principal máxima es cultivar la razón y dejarse gobernar enteramente por ella. Pero tampoco la razón constituye para ellos una cuestión problemática, como entre nosotros, que permite arguir acertadamente en pro y en contra de un asunto, sino que los fuerza a inmediato convencimiento, como necesariamente ha de suceder siempre que no se encuentre mezclada con la pasión y el interés u obscurecida o descolorida por ellos.
....
La amistad y la benevolencia son las dos principales virtudes de los houyhnhnms, y no limitada a sujetos particulares, sino generales para la raza entera. Un extraño, procedente del lugar más remoto, recibe igual trato que el más próximo vecino, y donde quiera que va considera que está en su casa. Cuidan la cortesía y la afabilidad hasta el más alto grado, pero ignoran por completo la ceremonia.




domingo, 28 de noviembre de 2010

viaje al país de los houyhnhnms

Capítulo 4



Me oyó mi amo con grandes muestras de inquietud en el semblante, pues dudar o no creer son cosas tan poco conocidas que los habitantes no saben cómo conducirse en tales circunstancias. Y recuerdo que en frecuentes conversaciones que tuve con mi amo respecto de la naturaleza humana en otras partes del mundo, como se me ofreciese hablar de la mentira y el falso testimonio, no comprendió sino con gran dificultad lo que quería decirle, aunque fuera de esto mostraba grandísima agudeza de juicio. Me argüía que si el uso de la palabra tenía como fin hacer que nos comprendiéramos unos a otros, este fin fracasaba desde el instante en que alguno decía la cosa que no era; porque entonces ya no podía decir que nadie le comprendiese, y estaba tanto más lejos de estar informado, cuanto que le dejaba peor que en la ignorancia, ya que le llevaba a creer que una cosa era negra cuando era blanca, o larga cuando era corta. Éstas eran todas las nociones que tenía acerca de la facultad de mentir, tan perfectamente bien comprendida y tan universalmente practicada entre los humanos.


Pero dejemos esta digresión. Cuando aseguré a mi amo que los yahoos eran los únicos animales dominadores de mi país –lo que declaró que iba más allá de su comprensión-, quiso saber si había houyhnhnms entre nosotros y a qué se dedicaban. Díjele que los teníamos en gran número y que en verano pacían en los campos y en invierno se los mantenía con heno y avena, encerrados en casas donde sirvientes yahoos se dedicaban a lustrarles la piel, peinarles las crines, limpiarles las patas, darles comida y hacerles la cama.


“Te comprendo perfectamente –dijo mi amo-, y de todo lo que has hablado se desprende con toda claridad que cualquiera sea el grado de razón que los yahoos se atribuyen, los houyhnhnms son vuestros amos. Bien quisiera yo que nuestros yahoos fuesen tan tratables.”


Rogué a su señoría que se dignase excusarme de continuar, porque estaba cierto de que los informes que esperaba de mí habían de serle sumamente desagradables. Pero él insistió en exigirme que le enterase de todo, lo bueno y lo malo, y yo le dije que sería obedecido. Reconocí que nuestros houyhnhnms, que nosotros llamábamos caballos, eran los más generosos y bellos animales que teníamos, y que se distinguían por su fuerza y su ligereza ……….








domingo, 21 de noviembre de 2010

la chascona

En marzo de 1945, Neruda es elegido Senador de la República por la zona norte del país. Luego, en los inicios de 1948, el gobierno inicia una persecución contra los comunistas declarándolos fuera de la ley. El poeta permanece clandestino en Chile durante más de un año, cambiando de domicilios continuamente, en compañía de Delia del Carril, hasta que cruza la Cordillera de los Andes hacia Argentina, a caballo, reapareciendo en abril en París, en medio del Congreso de la Paz de 1949, cuando el gobierno chileno decía que estaba a días de dar caza al prófugo. Es el momento en que la figura de Neruda tomará un relieve internacional. Ese mismo año viaja a México, donde publica Canto general en la edición ilustrada por Siqueiros y Diego Rivera. Allí reencuentra a Matilde Urrutia, con quién había tenido un fugaz romance años antes en Santiago. Este amor clandestino continuará en Europa, donde ocurre esa ya mítica estadía en Capri, y seguirá cuando vuelve a Chile en agosto del año 1952 . Neruda comprará entonces una pequeña casa en los faldeos del cerro San Cristóbal, en el barrio Bellavista, un barrio cercano al centro de la ciudad, pero separado por el río Mapocho, barrio que siempre mantuvo una identidad de pueblo aparte, especialmente tranquilo, lugar de talleres de artistas y con un halo bohemio –hoy es eso, pero en el modo atractivo turístico– y muy lejos del que era su domicilio oficial, la casa de Michoacán. Neruda bautizó esta nueva casa como La Chascona –palabra quechua que significa “pelo desordenado” o “despeinada”, de uso común en Chile– uno de los apodos con que el poeta se refería a Matilde.

Era un terreno en pendiente, de unos trescientos cincuenta metros, por donde atravesaba un pequeño canal. El ruido del agua fue uno de los motivos para elegir ese sitio. En 1953 Neruda le pide a su amigo arquitecto, Germán Rodríguez Arias, los planos para una casa. Los planos fueron discutidos largamente, se dieron varias vueltas a la propuesta, y finalmente Neruda lo cambió por completo, giró la ubicación, significando menos luz y muchas escaleras, justamente lo que él quería. Pero se trataba, al comienzo, de una pequeña vivienda de 100 metros cuadrados, así y todo, durante la construcción fueron muchos más los cambios, y los muros se transformaron en ventanales.

En febrero de 1955 Pablo Neruda se separa de Delia del Carril, y llega a vivir a La Chascona, donde ya se había instalado Matilde desde hacía aproximadamente un año. Comenzaron las ampliaciones, y la compra de un terreno aledaño. Entonces, hacia 1958, la casa es tal como la conocemos ahora, tres grandes volúmenes separados, en pendiente, unidos en el espacio exterior por escaleras y terrazas, todo en formas irregulares, distintas alturas y materialidades, actuando la vegetación como un elemento unificador. Difícil hablar de una lógica, de una preocupación por el vivir cotidiano, si pensamos, por ejemplo, que el salón está a muchas escaleras y terrazas del comedor.

A la muerte de Neruda, esta casa sufrió un ataque de vandalismo por parte de las fuerzas militares, la casa fue inundada por su propio canal, y a pesar de ese estado, y por dejar un testimonio de estos hechos, en ella se realizó el velatorio, y desde allí salió el cortejo hacia el cementerio. Acto que se constituirá en la primera manifestación pública de repudio al golpe militar.El amor entre Pablo y Matilde, anotado en tantos poemas del poeta, iniciados en Los versos del Capitán, queda de manifiesto en esta casa de manera concreta en las rejas de las ventanas en que se entrelazan las letras P y M.

El recorrido por esta casa de extraña contextura se inicia por el bar continuo al comedor, donde comienzan a asomar las colecciones de pintura, más que nada bodegones antiguos, y algunos cuadros representativos de artistas chilenos, muchos de los cuales trabajaron con él ilustrando sus poemas. El bar pertenecía a un antiguo barco francés, cuya cubierta es de peltre; el comedor, una mesa angosta y larga en una sala con un techo de barco que termina en una pequeña puerta, casi secreta, que da acceso a una escalera de caracol, muy estrecha, que lleva a un dormitorio. En otro de los espacios de la casa está el salón, donde está el famoso cuadro que Diego Rivera pintara de Matilde en que escondido en su pelo está el perfil de Neruda, cuadro pintado en un viaje a Chile de Rivera en 1953, y dos obras de Fernand Leger, quién también realizó ilustraciones para la edición francesa de Canto general. Sobre el salón está el dormitorio de Pablo y Matilde. Luego de subir escaleras y pendientes, antes del tercer volumen se encuentra otro bar que está repleto de figuras pintorescas, colecciones diversas, zapatos gigantes, todo puesto a modo de entretención y juego. Y luego la biblioteca y el escritorio, donde se pueden revisar las condecoraciones y premios recibidos por Neruda, incluyendo, desde luego, la medalla del Premio Nobel. Repartidos por la casa, se encuentra una colección curiosa que apasionó a Neruda. Son objetos de diversa índole: bandejas de distintos tamaños, mesas, cubos, biombos, paragüeros, platos, copas e individuales para mesas, todos con el sello de la original creatividad del diseñador Piero Fornasetti, que hicieron furor a mediados de los años cincuenta. Hay además, algunos objetos que corresponden a artesanía típica chilena, especialmente figuras en greda negra de Quinchamalí, que por los tiempos en que Neruda las compró y atesoró, no eran en absoluto valoradas, e impensadas como objetos de decoración. Este aporte de Neruda en cuanto al rescate de lo chileno, que está tan presente en su poesía como en el detalle señalado –del que hay muchos otros ejemplos valiosos– constituye parte importante de lo que la persona de Neruda ha devenido en el imaginario nacional, algo que se podría explicar como el agradecimiento implícito hacia quién ha jerarquizado y puesto en valor aquello que correspondía a lo más popular y humilde, y por ello, relegado, dejado fuera del buen gusto establecido y aceptado como tal.




domingo, 14 de noviembre de 2010

01. Sade - By Your Side

la sebastiana

"Siento el cansancio de Santiago. Quiero hallar en Valparaíso una casita para vivir y escribir tranquilo. Tiene que poseer algunas condiciones. No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojala invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo pero cerca de la movilización. Independiente, pero con comercio cerca. Además tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré encontrar una casa así en Valparaíso?” Escribe Neruda a una amiga en el año 1959. Y todas esas exigencias eran cumplidas a cabalidad por una empinada construcción en el cerro Bellavista, a medio terminar, heredada, por una familia que no sabía que hacer con ella, de don Sebastián Collado, un constructor español que había pensado pasar sus últimos años en ella, pero la muerte llegó antes. Entonces, Neruda se enamoró de la casa y la compró. Eran cuatro pisos, los dos primeros los adquirió un matrimonio amigo de los Neruda, Francisco Velasco y María Martner, una artista original que realizó la magnífica chimenea de piedras de Isla Negra, Neruda le encargó muchos trabajos para sus casas pues admiraba a esta artista de la piedra que realizó el mural que se encuentra en la subida de la escalera del primer piso de La Sebastiana, basado en un mapa de la Patagonia que tenía el poeta.

La casa fue inaugurada el 18 de septiembre –día de fiestas patrias en Chile– de 1961, con una gran fiesta, “Siempre quisimos tener un punto nuestro en el Puerto, en donde estuviéramos rodeados por el sortilegio de Valparaíso. Por fin aquí, gracias a cada uno de Uds. y a nuestra insondable locura ha nacido hoy La Sebastiana. Los acogeremos en este primer día abriendo de par en par las puertas para Uds. y para siempre. Matilde y Pablo Neruda.” –decía la invitación.

Cuatro pisos, al que Neruda agregó un altillo sin poder contener su afán de constructor. Aunque al comprarla en obra gruesa las formas no le pertenecen al poeta, en su interior hay señales elocuentes de su gusto, de su impenitente búsqueda de una ornamentación personal. A medida que se sube por las estrechas escaleras, el mar va adquiriendo más y más presencia, ofreciendo una espléndida vista a la bahía y a la costa que se pierde hacia el norte y manteniendo siempre otra mirada hacia los cerros poblados del puerto.

Esta casa estrecha, está llena de rincones interesantes, de objetos y cuadros de la infinita colección nerudiana, un retrato de su admirado Lord Cochrane, colecciones de platos con globos aerostáticos, muchos mapas, antiguas marinas, vitrales, un pájaro embalsamado traído de Venezuela, una espléndida sopera italiana con la forma de una vaca, que se usaba para los ponches, un cuadro que es a su vez caja de música y reloj, y paredes pintadas en rosados, azules, amarillos, verdes, solferinos. Y además de los grandes ventanales, claraboyas de barco que miran hacia tierra.

Esta casa, restaurada como el poeta la mantenía, fue abierta al público el 1 de enero de 1992.

viernes, 29 de octubre de 2010

miracle apples

Akinori Kimura’s MIRACLE APPLES

Kimura still talks to the apple trees when he’s in the orchards. Even when I was doing my research, he would often say things like ‘No. It wasn’t me. It was the trees that struggled.’ This was said more to encourage the apple trees that were within earshot, rather than out of modesty.

It may sound strange, but watching Kimura, smiling, eyes half-shut, talking to the trees, I really began to feel that he was getting through to them. The branches were swaying and the leaves rustling even though there was no wind … ‘Steady on!’, I thought, blinking in disbelief. It was surely my imagination? Maybe, but I was certain about one thing. He was in all earnestness talking to the apple trees.

It wasn’t until he recognized that he would achieve nothing by himself that he was, in a very real sense, able to face the apple trees. Kimura speaking to the trees comes from a deep sense of gratitude. Whether the trees are listening or not is not an issue. Apple trees are not machines manufacturing the fruit we know as apples. They have their own lives and place in the world. This might seem pretty obvious, but believing that with all ones heart is another matter. He knows this better than anyone. This is why he speaks to the trees. It is Kimura, a human being, standing before a living apple. It’s not superficial. It’s something he’s finally come to know after countless failures and after endless struggles.

Looking round the orchards he was shocked. He could see something clearly which, back when he thought he had it in himself to do something, he simply couldn’t perceive. There were eight hundred apple trees in Kimura’s four orchards, and they were all starving. They were dying.

What on earth had he done? Whatever it was, all he could do now was to bow his head before the trees. He didn’t mind if they couldn’t produce any fruit; all he asked was that they didn’t wither away. That they survive. Kimura was not confronting the apples with his experience or knowledge, but with his very being. Kimura had said that it was at this moment that he was at his most honest. From that day on he began to listen to the apple trees. Every leaf, every branch, was the voice of an apple tree. He hears their vitality in the fresh green leaves of early summer, and words of gratitude in the plump fruits of autumn. His talking to the apples is only in reply to these voices. Kimura continues to talk to the apples in the same way to this day.

Perhaps the years Kimura spent struggling were, in the end, the time he needed to come to terms with the apple trees. When Kimura says ‘It’s alright to be crazy’, this is what he means. Experience and knowledge are vital for people to get on in life. A store of experience and knowledge are necessary if you want to achieve something. That’s why we label someone without experience or knowledge stupid. But when someone takes on a genuinely new challenge, experience and knowledge may be the greatest obstacles.

Each time Kimura failed, he discarded a piece of common sense. After he’d failed a hundred times, a thousand times, he finally understood that his experience and knowledge were of no use in the challenges he faced in life. It was then, for the first time, that he was able to see the apple trees with an open mind. He’d reached an enlightened state of mind. Having reached it, however, didn’t mean that anything would change. Just because he’d spoken to the apple trees didn’t mean a miracle was going to happen. He was living in the real world. As a farmer, and as a man who grew plants for food, Kimura understood that only too well. Nature is the work of providence. Providence is not affected by our prayers or thoughts.

And it was in the real world that Kimura had to do something. He knew that his knowledge and experience were of no use. He had come to see the apple trees for what they were through an awareness that he and the apple trees shared life on earth. Yet now there was only him and his inability to do anything, and desperately weak apples which were dying.

Things couldn’t come to a dead halt. He had to move in some direction. The path Kimura set out on was an astonishing one. Aware of his own powerlessness, the conclusion he came to may have been inevitable, but what transpired was of mythic significance.

The myth of death and rebirth. Kimura, like his apples trees, was close to death. He had no choice but to follow the path he was on.


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sábado, 11 de septiembre de 2010

Isla Negra


En el año 1939, Neruda buscaba algún refugio para escribir, el proyecto de Canto general, necesitaba de una especial concentración. Un lugar cerca del mar podía ser perfecto y un sencillo aviso de diario alertó al poeta y a su mujer de esos años Delia del Carril. Se ofrecía un terreno y una pequeña casa en la costa del Pacífico, a algo más de cien kilómetros de Santiago, cercano al puerto de San Antonio. Isla Negra era, en esos años, una caleta de pescadores, un pequeño poblado casi desierto, sin comodidades y muchas dificultades con sus caminos de acceso. Se trataba de un terreno de más de cinco mil metros, con una casa mínima que tenía el esplendor de una vista al mar inigualable, olas enormes que se elevan hasta hacerse transparentes, reventando contra las rocas con furia tremenda, deshaciéndose en espuma sobre una arena gruesa brillante, llena de ágatas. Y el olor, un fuerte olor a sal y yodo, proveniente del mar y de algas y cochayuyos que rodeaban las enormes rocas. Sin duda ese era el atractivo del lugar que compraron y que con los años fue creciendo hasta multiplicar muchas veces su superficie, de iniciales setenta metros. Hoy es una casa de más de quinientos metros cuadrados. Pero hay que advertir que los afanes de constructor de Neruda no se rigen por presupuestos abultados ni por un sentido lógico de la construcción, son más bien ideas, imágenes nacidas del deseo de tener una habitación más, de aprovechar una luz y una vista, y hasta de tener objetos –puertas, ventanas– que necesitan un soporte. También, como ocurrió justamente en esta casa, haber visto un enorme caballo que era el símbolo de una ferretería incendiada en Temuco, la ciudad del sur de su infancia, que finalmente logró comprar, y para él se construyó una pieza. En sus proyectos Neruda estaba más atento a los resultados y a los efectos que provocaba, que a planos y convenciones.

La primera ampliación se inicia en el año 1943 y se termina en 1945, en este proyecto vuelve a contar con la ayuda del arquitecto español Germán Rodríguez Arias. De esa época data el muy característico torreón de piedra de la casa, y otros volúmenes que anuncian que la casa se seguirá alargando, lo que ocurre en 1965 en que nuevas construcciones rematan en la casa que conocemos hoy, una larga y angosta franja de piedra y madera a la manera de un tren, dos alas unidas entre sí por una arcada de piedra. Una última sala destinada a la colección de caracolas, se había proyectado el año 1973, pero los acontecimientos políticos hicieron posible que sólo se completara en 1992.

“En mi casa he tenido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche.”

La visita a la casa de Isla Negra es una experiencia extraordinaria, y los diversos sentimientos que provoca van quedando guardados en varios tomos de libros de tapas gruesas donde visitantes ilustres y comunes anotan con palabras emocionadas sus impresiones. “Confieso que he venido” anotó el Premio Nobel Gabriel García Márquez, en ingeniosa alusión a las memorias del poeta Confieso que he vivido. Y así, extranjeros, nacionales, estudiantes, artistas, escritores, Jefes de Estado, ministros y congresales de todo el mundo, realizan esta especie de peregrinación. Año tras año se ha incrementado el número de visitantes que, en el año 2007, sumó más de cien mil personas.

Trasponiendo la entrada, se inicia la visita en el salón de grandes proporciones y altura, con una magnífica vista al mar, donde toman preponderancia algunos de los famosos mascarones de proa, las dos Medusas, el gran Jefe Comanche, la Micaela –la última adquirida por el poeta– y La Marinera de la Rosa, también dos tallas de madera de ángeles con trompetas, y una cantidad de objetos que entregan esa primera impresión de una casa armada como un escenario potente. Luego, el comedor, donde nuevamente los mascarones de proa –Jenny Lind y Morgan– miran desde la altura, y la mesa parece esperar a los habitantes de la casa con unos copones de color rojo e individuales ingleses. Se aprecian una cabeza de ángel y una virgen de Rapa Nui, ambas figuras talladas en madera.

Más de tres mil quinientos objetos están inventariados e instalados sin posible dispersión, en los distintos espacios de la casa. Una colección de máscaras de las más diversas formas y procedencias, una enorme cantidad de botellas transparentes, representando manos con puñales, botas, veleros colocados dentro de esos envases de vidrio, grandes tinajas de vidrios de colores, muchos diablillos de cerámica provenientes de México, fotografías de los admirados del poeta, Whitmann, Rimbaud, unos espléndidos planisferios pintados en vidrio, cajas de insectos extraños y mariposas coloridas y multiformes, alfarería de Latinoamérica, animales, figuras, tallas de Rapa Nui, relojes, estribos de diversos orígenes, instrumentos de navegación, mapamundis, un baño tapizado de tarjetas postales con el erotismo de siglos pasados, caracolas de todos los tamaños con sus nombres científicos. Decía el poeta: “Yo soy un amateur del mar, y desde hace años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra.”

En los espacios más íntimos, el dormitorio principal, zapatos, corbatas y chaquetas, vestidos de Matilde, cajas de música, y una vista al mar desde lo alto que invade al visitante.

En suma, la impresión no es la de visitar una casa de lujo, lujo en el sentido de derroche, de valores exorbitantes, sino de una cierta complicada simpleza, porque todo está expuesto sin más pretensión que rodearse de todo aquello que sea posible poseer, es la demostración de la elección concienzuda de un artista que inventa una vida propia dentro de su casa. Porque hay mucho de teatral, de escenografía, pero asimismo impregnado de vida, de años pasados, que esta casa guarda en una atmósfera de silencio e intimidad.

Pero no sólo la casa tuvo sus extensiones, los árboles fueron creciendo, el jardín fue tomando forma, las docas sirvieron de verde sostén al terreno arenoso, y se fueron perfilando subidas y bajadas, caminos pequeños, para llegar al mar. También ahí instaló grandes objetos, un locomóvil, un campanario, un bote, una fuente de agua, y ahí están ahora las tumbas de Neruda y Matilde Urrutia, que fueron trasladados desde Santiago en una importante ceremonia el 12 de diciembre de 1992.

Pablo Neruda pasó los últimos meses de su vida en su querida casa de Isla Negra, pocos días antes de su muerte la casa fue allanada por los militares, fue trasladado a Santiago a la Clínica Santa María, donde murió el 23 de septiembre de 1973.

A partir de esa fecha, la casa fue cerrada e intervenida por el gobierno militar. La Fundación Pablo Neruda obtuvo la personalidad jurídica en junio de 1986, y la casa de Isla Negra le fue restituida en 1989, A partir de 1990 se abrió al público como Casa Museo.

domingo, 1 de agosto de 2010

cédula de identidad ( poesía palestina de combate)

Inscríbeme
soy árabe
el número de mi cédula es cincuenta mil
tengo ocho hijos
y el noveno...vendrá tras el verano

¿te enojarás acaso?

inscríbeme
soy árabe
trabajo con mis compañeros de lucha
en una cantera
tengo ocho hijos
arranco de las piedras
el pan, las rocas, los cuadernos,
y no vengo a mendigar a tu puerta
y no me pliego
ante las losas de tu umbral
¿te enojarás acaso?

Inscríbeme
soy árabe
mi nombre es muy común
y soy paciente
en un país que hierve la cólera
mis raíces ...
fijadas antes del nacimiento de los tiempos
antes de la ecloción de los siglos
antes de los cipreces y los olivos
antes del crecimiento vegetal
mi padre... de la familia del arado
y no de los señores del Nujub
y mi abuelo era campesino
sin árbol genealógico
mi casa
una cabaña de guardián
de cañas y ramajes
¿satisfecho de mi condición?
mi nombre es muy común

inscríbeme
soy árabe
cabellos...negros
ojos...castaños
signos particulares
un   kuffiah y una banda sobre la cabeza
las palmas rugosas como rocas
arañan las manos que estrechan
y amo por encima de todo
el aceite de olivo y el tomillo.

Mi dirección
soy de un pueblo perdido... olvidado
de calles sin nombre
y todos sus hombres...en el campo y en la cantera
aman el comunismo
¿ te enojarás acaso?

inscríbeme
soy árabe
tú me has despojado de los viñedos de mis antepasados
y de la tierra q cultivaba
con mis hijos
y no nos has dejado
ni a nuestros descendientes
más que estos guijarros
que nuestro gobierno tomará también
como se dice

¡vamos!
escribe
en lo más alto de la primera página
que yo no odio a los hombres
que yo no agredo a nadie
pero ... que si me hambrean
como la carne del que me despoja
y ten cuidado...cuídate
de mi hambre
y mi cólera.


Mamhud Darwich

lunes, 19 de julio de 2010

Culture Club Karma Chameleon

Playa Unión


Ayer a las 19:03


Playa Unión

Aire para soplar dentro de botellas nuestro pasado
vientos para arrojar tu nombre a mar abierto,
rompientes para hundir mis pies en el barro.
Faros para guiar y vislumbrar tantos deseos.

Siento que me elevo entre presagios,
las mareas aproximan tu voz distante
cuando el sol ha dejado de ser pleno.

Costas de mis mares exhaustos…
Marejadas de sal…
Entre escolleras pienso…

Y gira ante mis naufragios tus ingobernables llantos,
mi corazón se hunde ante los torbellinos del silencio.
Tormentos de mis presagios, botellas para tanto mar…
Mareas asfixian los tifones de mis recuerdos.

Y me hundo en la seguridad de este fango,
mis pies ya no son míos, son del suelo.
Tu cuerpo impregna los mares más extraños.
Ya nunca más nadaré tras de ti… pleamar para mi paz.
Mis pies ya no son míos, han encontrado el suelo.

Diego Martín Antón

viernes, 16 de julio de 2010

arbol de diana



dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe

domingo, 4 de julio de 2010

Brain Damage


The lunatic is on the grass.
The lunatic is on the grass.
Remembering games and daisy chains and laughs.
Got to keep the loonies on the path.

The lunatic is in the hall.
The lunatics are in my hall.
The paper holds their folded faces to the floor
And every day the paper boy brings more.

And if the dam breaks open many years too soon
And if there is no room upon the hill
And if your head explodes with dark forebodings too
I'll see you on the dark side of the moon.

The lunatic is in my head.
The lunatic is in my head
You raise the blade, you make the change
You re-arrange me 'til I'm sane.
You lock the door
And throw away the key
There's someone in my head but it's not me.

And if the cloud bursts, thunder in your ear
You shout and no one seems to hear.
And if the band you're in starts playing different tunes
I'll see you on the dark side of the moon.

"I can't think of anything to say except...
I think it's marvelous! HaHaHa!"

martes, 29 de junio de 2010

amiga




Mamie, no comprenderás pero escucha

el dolor no me lo puedo llorar en un pañuelo

Las palabras son graves como una procesión de reyes

para tu alma con lagos secos y tristes.



Te he llamado con mucho amor

Tus senos son flores sin tiestos

y punzan frambuesas con sabor de leche

la almohada nube traspasada por la noche



En tu cabello hay cáscaras de naranja, en el deseo manada de caballos

En tus ojos hay sol, en los labios ganas de comer

La carne huele a hierba después de llover

durazno maduro, miel de mayo y frescura



Te compraré sin falta pendientes

de los joyeros judíos

Te daré semillas de flores raras

para enriquecer tus gatos literarios



¿Quieres? Acaríciame, arrúllame

se me ha muerto la novia

Pregúntame quién era

y dime cuándo te vas



Mamie, no comprenderás

pero es cosa bella estar en un poema

Has entrado como un insecto florido en

mi cuerpo con moho y aperos de fragua





Tristan Tzara



http://es.wikipedia.org/wiki/Tristan_Tzara

domingo, 13 de junio de 2010

la luna


Cuenta la historia que en aquel pasado
tiempo en que sucedieron tantas cosas
reales, imaginarias y dudosas,
un hombre concibió el desmesurado

proyecto de cifrar el universo
en un libro y con ímpetu infinito
erigió el alto y arduo manuscrito
y limó y declamó el último verso.

Gracias iba a rendir a la fortuna
cuando al alzar los ojos vio un bruñido
disco en el aire y comprendió, aturdido,
que se había olvidado de la luna.

La historia que he narrado aunque fingida,
bien puede figurar el maleficio
de cuantos ejercemos el oficio
de cambiar en palabras nuestra vida.

Siempre se pierde lo esencial. Es una
ley de toda palabra sobre el numen.
no la sabrá eludir este resumen
de mi largo comercio con la luna.

No sé dónde la vi por vez primera,
si en el cielo anterior de la doctrina
del griego o en la tarde que declina
sobre el patio del pozo y de la higuera.

Según se sabe, esta mudable vida
puede, entre tantas cosas, ser muy bella
y hubo así alguna tarde en que con ella
te miramos, oh luna compartida.

Más que las lunas de las noches puedo
recordar las del verso: la hechizada
dragon moon que da horror a la balada
y la luna sangrienta de Quevedo.

De otra luna de sangre y de escarlata
habló Juan en su libro de feroces
prodigios y de júbilos atroces;
otras más claras lunas hay de plata.

Pitágoras con sangre (narra una
Tradición) escribía en un espejo
y los hombres leían el reflejo
en aquel otro espejo que es la luna.

De hierro hay una selva donde mora
el alto lobo cuya extraña suerte
es derribar la luna y darle muerte
cuando enrojezca el mar la última aurora.

(Esto el Norte profético lo sabe
y también que ese día los abiertos
mares del mundo infestará la nave
que se hace con las uñas de los muertos.)

Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
quiso que yo también fuera poeta,
me impuse. como todos, la secreta
obligación de definir la luna.

Con una suerte de estudiosa pena
agotaba modestas variaciones,
Bajo el vivo temor de que Lugones
ya hubiera usado el ámbar o la arena,

De lejano marfil, de humo, de fría
nieve fueron las lunas que alumbraron
versos que ciertamente no lograron
el arduo honor de la tipografía.

Pensaba que el poeta es aquel hombre
que, como el rojo Adán del Paraíso,
impone a cada cosa su preciso
y verdadero y no sabido nombre,

Ariosto me enseñó que en la dudosa
luna moran los sueños, lo inasible,
el tiempo que se pierde, lo posible
o lo imposible, que es la misma cosa.

De la Diana triforme Apolodoro
me dejó divisar la sombra mágica;
Hugo me dio una hoz que era de oro,
y un irlandés, su negra luna trágica.

Y, mientras yo sondeaba aquella mina
de las lunas de la mitología,
ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
la luna celestial de cada día

Sé que entre todas las palabras, una
hay para recordarla o figurarla.
el secreto, a mi ver, está en usarla
con humildad. Es la palabra luna.

Ya no me atrevo a macular su pura
aparición con una imagen vana;
la veo indescifrable y cotidiana
y más allá de mi literatura.

Sé que la luna o la palabra luna
es una letra que fue creada para
la compleja escritura de esa rara
cosa que somos, numerosa y una.

Es uno de los símbolos que al hombre
da el hado o el azar para que un día
de exaltación gloriosa o de agonía
pueda escribir su verdadero nombre

miércoles, 2 de junio de 2010

fragile



Si la sangre fluye
cuando carne y acero se unen
secándose su color
como el ocaso del sol,
la lluvia de la mañana
secará las manchas de la distancia
pero algo quedará para siempre
en nuestras mentes.
Quizá este acto final
se entienda
para cerrar una disputa
que dura una vida,
que nada bueno
viene de la violencia
y nada nunca vendrá
para aquellos nacidos
de una estrella airada.
Para que no olvidemos
lo frágiles que somos,
una y otra vez la lluvia caerá
como lágrimas de una estrella,
una y otra vez la lluvia dirá
cuán frágiles somos.

miércoles, 26 de mayo de 2010

troya






El hombre siempre quiso vivir eternamente. Y así nos preguntamos. ¿ harán nuestras acciones eco a través de los siglos? ¿Extraños escucharán nuestros nombres cuando ya no estemos? Y preguntarán quiénes somos? ¿ cuán valientemente peleamos? cuán intensamente amamos?

jueves, 20 de mayo de 2010


Y luché contra el mar toda la noche, desde Homero hasta Joseph Conrad, para llegar a tu rostro desierto y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere

domingo, 16 de mayo de 2010

Soneto XLII


Radiantes días balanceados por el agua marina,
concentrados como el interior de una piedra amarilla
cuyo esplendor de miel no derribó el desorden:
preservó su pureza de rectángulo.
Crepita, sí, la hora como fuego o abejas
y es verde la tarea de sumergirse en hojas,
hasta que hacia la altura es el follaje
un mundo centelleante que se apaga y susurra.
Sed del fuego, abrasadora multitud del estío
que construye un Edén con unas cuantas hojas,
porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos
sino frescura o fuego, agua o pan para todos,
y nada debería dividir a los hombres
sino el sol o la noche, la luna o las espigas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

la nieve ... Orhan pamuk

1. El silencio de la nieve

El viaje a Kars

El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba
sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si
hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo
que sentía en su interior el silencio de la nieve.
Alcanzó en el último momento el autobús que le llevaría
de Erzurum a Kars. Había llegado a la estación de Erzurum
procedente de Estambul después de un viaje tormentoso y nevado
de dos días, y mientras recorría los sucios y fríos pasillos
intentando enterarse de dónde salían los autobuses que podían
llevarle a Kars alguien le dijo que había uno a punto de salir.
El ayudante del conductor del viejo autobús marca Magirus
le dijo «Tenemos prisa», porque no quería volver a abrir
el maletero que acababa de cerrar. Así que tuvo que subir consigo
el enorme bolsón cereza oscuro marca Bally que ahora reposaba
entre sus piernas. El viajero, que se sentó junto a la ventanilla,
llevaba un grueso abrigo color ceniza que había comprado
cinco años atrás en un Kaufhof de Frankfurt. Digamos ya que
este bonito abrigo de pelo suave habría de serle tanto motivo de
vergüenza e inquietud como fuente de confianza en los días que
pasaría en Kars.
Inmediatamente después de que el autobús se pusiera
en marcha el viajero sentado junto a la ventana abrió bien los
ojos esperando ver algo nuevo y, mientras contemplaba los suburbios
de Erzurum, sus pequeñísimos y pobres colmados, sus
hornos de pan y el interior de sus mugrientos cafés, la nieve
comenzó a caer lentamente. Los copos eran más grandes y tenían
más fuerza que los de la nieve que le había acompañado
a lo largo de todo el viaje de Estambul a Erzurum. Si el viajero
que se sentaba junto a la ventana no hubiera estado tan cansado
del viaje y hubiera prestado un poco más de atención a los
enormes copos que descendían del cielo como plumas, quizá hubiera
podido sentir la fuerte tormenta de nieve que se acercaba
y quizá, comprendiendo desde el principio que había iniciado
un viaje que cambiaría toda su vida, habría podido volver atrás.
Pero volver atrás era algo que ni se le pasaba por la cabeza
en ese momento. Con la mirada clavada en el cielo, que
se veía más luminoso que la tierra según caía la noche, no consideraba
los copos cada vez más grandes que esparcía el viento
como signos de un desastre que se aproximaba sino como señales
de que por fin habían regresado la felicidad y la pureza
de los días de su infancia. El viajero sentado junto a la ventana
había vuelto a Estambul, la ciudad donde había vivido sus
años de niñez y felicidad, una semana antes por primera vez
después de doce años de ausencia a causa del fallecimiento de
su madre; se había quedado allí cuatro días y había partido en
aquel inesperado viaje a Kars. Sentía que la extraordinaria belleza
de la nieve que caía le provocaba más alegría incluso que
la visión de Estambul años después. Era poeta, y en un poema
escrito años atrás y muy poco conocido por los lectores turcos
había dicho que a lo largo de nuestra vida sólo nieva una vez en
nuestros sueños.
Mientras la nieve caía pausadamente y en silencio, como
nieva en los sueños, el viajero sentado junto a la ventana
se purificó con los sentimientos de inocencia y sencillez que llevaba
años buscando con pasión y creyó optimistamente que
podría sentirse en casa en este mundo. Poco después hizo algo
que llevaba mucho tiempo sin hacer y que ni siquiera se le habría
ocurrido y se quedó dormido en el asiento.
Demos cierta información sobre él en voz baja aprovechándonos
de que se ha dormido. Llevaba doce años viviendo
en Alemania como exiliado político aunque nunca se había
interesado demasiado por la política. Su verdadera pasión,
lo que ocupaba todos sus pensamientos, era la poesía. Tenía
cuarenta y dos años, estaba soltero y nunca se había casado.
Acurrucado en el asiento no se le notaba, pero era bastante alto
para ser turco y tenía la piel clara, que habría de palidecer
aún más durante aquel viaje, y el pelo castaño. Era un hombre
tímido a quien le gustaba la soledad. De haber sabido que
poco después de dormirse su cabeza cayó sobre el hombro y luego
sobre el pecho del viajero que tenía al lado debido a las sacudidas
del autobús, se habría avergonzado muchísimo. El viajero
cuyo cuerpo caía sobre el vecino era un hombre honesto
y bienintencionado y siempre estaba melancólico como los personajes
de Chejov, que a causa de esas mismas particularidades
fracasan en sus aburridas vidas. Volveremos a menudo sobre
la cuestión de la melancolía. Tengo que decir que el nombre del
viajero, que se ve que, a juzgar por su incómoda forma de estar
sentado, no seguirá dormido mucho más, era Kerim Alakus
¸og˘lu pero que, como no le gustaba en absoluto, prefería
que le llamaran Ka, por sus iniciales, y eso será lo que haremos
en este libro. Nuestro protagonista escribía testarudamente
su nombre como Ka ya en los años de la escuela en ejercicios
y exámenes, firmaba Ka en las listas de la universidad y siempre
estaba dispuesto a discutir al respecto con cualquier profesor
o funcionario. Como había publicado sus libros de poesía
con aquel alias que había conseguido que aceptaran su madre,
su familia y sus amigos, el nombre de Ka poseía cierta mínima
y misteriosa fama en Turquía y entre los turcos de Alemania.
Y ahora, como el conductor que les desea buen viaje a sus
pasajeros después de salir de Erzurum, yo también voy a añadir
algo: que tengas buen viaje, querido Ka... Pero no quiero engañarles:
soy un viejo amigo de Ka y sé lo que le ocurrirá en Kars
antes incluso de comenzar esta historia.
Después de Horasan el autobús se desvió hacia el norte
en dirección a Kars. Ka se despertó bruscamente cuando un
carro apareció de repente en una de las cuestas que se elevaban
retorciéndose y el conductor dio un fuerte frenazo. No le llevó
demasiado tiempo adherirse al clima de hermandad que se creó
en el autobús. Aunque estaba sentado justo detrás del conductor,
cuando el autobús frenaba en las curvas o cuando pasaban
junto a un barranco, él, como los pasajeros de atrás, se ponía en
pie para ver mejor la carretera, señalaba con el índice, intentando
mostrársela, una esquina que se le había escapado al pasajero
que limpiaba el empañado parabrisas con el gozo de ayudar
al conductor (la colaboración de Ka pasó desapercibida) e
intentaba descubrir, como el conductor, hacia dónde se ex-
tendía el asfalto, ahora invisible, cuando arreció la ventisca y los
limpiaparabrisas se mostraron incapaces de limpiar el cristal
delantero, repentinamente blanco.
Las señales de tráfico no se podían leer porque las cubría
la nieve. Cuando la ventisca comenzó a golpear con fuerza,
el conductor apagó las luces largas y el interior del autobús
se oscureció mientras que la carretera se hacía más clara en la
penumbra. Los pasajeros, atemorizados y sin hablar entre ellos,
miraban las calles pobres de los pueblos bajo la nieve, las luces
pálidas de casas destartaladas de un solo piso, los caminos ya
cerrados que llevaban a lejanas aldeas y los barrancos que las farolas
apenas iluminaban. Si hablaban lo hacían en susurros.
El compañero de asiento de Ka, en cuyo regazo se había
quedado dormido, le preguntó también en un susurro a qué
iba a Kars. Era fácil darse cuenta de que Ka no era nativo de allí.
—Soy periodista —musitó Ka... Eso no era cierto—.
Voy por las elecciones municipales y por las mujeres que se suicidan
—eso sí que lo era.
—Todos los periódicos de Estambul han publicado que
el alcalde de Kars ha sido asesinado y que las mujeres se suicidan
—dijo su compañero de asiento con un fuerte sentimiento
que Ka no pudo descubrir si era orgullo o vergüenza.
Ka habló de vez en cuando a lo largo del viaje con aquel
delgado y apuesto campesino con el que volvería a encontrarse
tres días más tarde en Kars mientras los ojos le lloraban bajo la
nieve en la calle Halitpa¸sa. Se enteró de que había llevado a su
madre a Erzurum porque el hospital de Kars no era lo bastante
bueno, que se dedicaba a la ganadería en una aldea cercana a
Kars, que se ganaba a duras penas la vida pero que no era ningún
rebelde, que —por misteriosas razones que no podía explicar
a Ka— se sentía triste no por él sino por el país y que estaba
contento de que alguien tan culto como Ka viniera desde el mismísimo
Estambul a interesarse por los problemas de Kars. Había
algo noble en su simple manera de hablar y en su actitud
mientras lo hacía que despertaba respeto en Ka.
Ka sintió que la mera presencia del hombre le daba
tranquilidad. Ka recordaba aquella tranquilidad, que no había
sentido en sus doce años en Alemania, de cuando le gustaba
comprender y tener cariño a alguien más débil que él. En momentos
así intentaba ver el mundo a través de la mirada de la
persona por la que sentía compasión y afecto. Cuando lo hizo
ahora, Ka se dio cuenta de que le tenía menos miedo a la interminable
tormenta de nieve, de que no caerían rodando por
un barranco y de que, aunque fuera tarde, el autobús acabaría
por llegar a Kars.
Cuando el autobús llegó a las nevadas calles de Kars
a las diez, con tres horas de retraso, Ka fue incapaz de reconocer
la ciudad. No pudo descubrir dónde estaban ni el edificio
de la estación que había aparecido frente a él el día de primavera
en que había llegado veinte años atrás en un tren de vapor
ni el hotel República, con teléfono en todas las habitaciones, al
que le había llevado el cochero después de pasearle por toda la
ciudad. Todo parecía haber sido borrado, haber desaparecido
bajo la nieve. El par de coches de caballos que esperaban en la
estación le recordaban el pasado pero la ciudad era mucho más
triste y pobre que la que Ka recordaba haber visto años antes.
A través de las ventanas congeladas del autobús, Ka vio edificios
de cemento como los que se habían construido por toda Turquía
en los últimos diez años, anuncios de plexiglás, iguales en
todos sitios, y carteles electorales que colgaban de cuerdas extendidas
de un lado al otro de las calles.
En cuanto se bajó del autobús y sus pies se posaron en
la blanda tierra un intenso frío le subió por la pernera de los pantalones.
Mientras preguntaba por el hotel Nieve Palace, donde
había reservado habitación por teléfono desde Estambul, vio
caras conocidas entre los pasajeros a los que les entregaba el
equipaje el auxiliar del conductor, pero no pudo descubrir de
quiénes se trataba bajo la nieve.
Volvió a verles en el restaurante Verdes Prados, al que
fue después de instalarse en el hotel. Un hombre avejentado y
cansado pero todavía apuesto y atractivo con una mujer gruesa
pero activa que por lo que se veía era su compañera en la vida.
Ka los recordaba de Estambul, de las obras de teatro políticas,
tan llenas de consignas: el hombre se llamaba Sunay Zaim.
Mientras les contemplaba absorto se dio cuenta de que la mujer
se parecía a una compañera de clase de la escuela primaria. Ka
vio también la piel pálida y muerta tan propia de los ambientes
teatrales en los otros hombres que les acompañaban a la mesa.
¿Qué hacía aquella pequeña compañía de teatro esa nevosa noche
de febrero en aquella ciudad olvidada? Antes de salir del
restaurante, que veinte años antes se mantenía gracias a funcionarios
encorbatados, Ka creyó ver en otra mesa a uno de los héroes
izquierdistas de la revolución armada de los setenta. Pero
parecía que sus recuerdos se hubieran borrado bajo una capa de
nieve, como Kars y el restaurante, cada vez más empobrecidos
y pálidos.
¿No había nadie en la calle a causa de la nieve o de hecho
nunca había nadie en aquellas congeladas aceras? Leyó cuidadosamente
los carteles electorales de los muros, los anuncios
de academias y restaurantes y los pósters en contra del suicidio
que la delegación del Gobierno acababa de fijar y en los que estaba
escrito «El Ser Humano es una Obra Maestra de Dios y el
Suicidio una Blasfemia». Ka vio a un grupo de hombres que
contemplaban la televisión en una casa de té medio llena con
las ventanas cubiertas de escarcha. Le alivió un tanto ver los antiguos
edificios de piedra de construcción rusa que en su memoria
convertían a Kars en un lugar especial.
El hotel Nieve Palace, con su arquitectura báltica, era
una de esas elegantes construcciones rusas. A aquel edificio de
dos pisos y estrechas y altas ventanas se entraba pasando bajo un
arco que daba a un patio. Mientras cruzaba aquel arco, construido
ciento diez años antes y bastante alto como para que los coches
de caballos pudieran pasar con comodidad, Ka sintió una
emoción indefinida, pero estaba tan cansado que no le dio demasiadas
vueltas. Con todo, tengo que decir que dicha emoción
tenía que ver con una de las razones por las que Ka había
venido a Kars: tres días antes, cuando Ka fue de visita al diario
La República en Estambul, se encontró con Taner, un amigo
de la juventud, y éste le contó que en Kars iba a haber elecciones
municipales y que, al igual que había ocurrido en Batman,
las jóvenes de Kars parecían infectadas por una extraña epidemia
de suicidios, y le propuso que fuera a Kars si quería escribir
al respecto y así ver y conocer la Turquía real después de doce
años de ausencia, y que como nadie parecía presentarse volun-
tario para aquel trabajo podría darle una tarjeta de prensa provisional,
y además añadió que la bella ˙Ipek, su compañera de
universidad, también estaba en Kars. Aunque se había separado
de Muhtar, ˙Ipek seguía viviendo allí en compañía de su padre
y su hermana, en el hotel Nieve Palace. Mientras escuchaba
las palabras de Taner, que hacía comentarios políticos para La
República, Ka recordó la belleza de ˙Ipek.
Ka subió a la habitación 203, en el segundo piso, cuya
llave le entregó el recepcionista Cavit mientras veía la televisión
en el vestíbulo de alto techo del hotel, y respiró tranquilo
después de cerrar la puerta. Se examinó con cuidado y concluyó
que, al contrario de lo que había temido durante todo el viaje,
ni su mente ni su corazón estaban preocupados por que ˙Ipek
estuviera o no en el hotel. Ka le tenía un pánico mortal a enamorarse,
con el poderoso instinto de quienes recuerdan su limitada
vida sentimental como una serie de sufrimientos y vergüenzas.
A medianoche, con el pijama ya puesto y antes de meterse
en la cama, entreabrió ligeramente las cortinas. Contempló
cómo los enormes copos de nieve caían sin cesar

domingo, 9 de mayo de 2010

poema 18

Aqui te amo.
En los obscuros pinos se desenreda el viento
fosforece la luna sobre las aguas errantes
andan dias iguales persiguiéndose.

Se descine la niebla en danzantes figuras
una gaviota de plata se descuelga del ocaso
a veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco solo.
A veces amanezco y hasta mi alma
esta húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.

Pablo Neruda

domingo, 25 de abril de 2010

torquay


Go on a mystery walk in beautiful Torquay


Torquay Marina and seafront in early evening sun
Torquay is set at the north end of Tor Bay and forms part of the English Riviera. It's also the place where Agatha Christie was born, and, to mark the resort's link with Dame Agatha, a special walk has been devised - complete with a mystery to solve.

Agatha Christie was born in Barton Road, Torquay, in 1890.

She later bought a house, called Greenway, overlooking the River Dart at Galmpton - and it is now owned by her daughter, Rosalind Hicks.

Dame Agatha used Torquay as the setting for some of her mysteries.

A clifftop in St Marychurch is believed to have been the setting for "Why Didn't They Ask Evans?"

All Saints Church in Torre, Torquay, was built thanks to donations from the Christie family - and it is where Agatha was baptized.

Frases frases de amor