En marzo de 1945, Neruda es elegido Senador de la República por la zona norte del país. Luego, en los inicios de 1948, el gobierno inicia una persecución contra los comunistas declarándolos fuera de la ley. El poeta permanece clandestino en Chile durante más de un año, cambiando de domicilios continuamente, en compañía de Delia del Carril, hasta que cruza la Cordillera de los Andes hacia Argentina, a caballo, reapareciendo en abril en París, en medio del Congreso de la Paz de 1949, cuando el gobierno chileno decía que estaba a días de dar caza al prófugo. Es el momento en que la figura de Neruda tomará un relieve internacional. Ese mismo año viaja a México, donde publica Canto general en la edición ilustrada por Siqueiros y Diego Rivera. Allí reencuentra a Matilde Urrutia, con quién había tenido un fugaz romance años antes en Santiago. Este amor clandestino continuará en Europa, donde ocurre esa ya mítica estadía en Capri, y seguirá cuando vuelve a Chile en agosto del año 1952 . Neruda comprará entonces una pequeña casa en los faldeos del cerro San Cristóbal, en el barrio Bellavista, un barrio cercano al centro de la ciudad, pero separado por el río Mapocho, barrio que siempre mantuvo una identidad de pueblo aparte, especialmente tranquilo, lugar de talleres de artistas y con un halo bohemio –hoy es eso, pero en el modo atractivo turístico– y muy lejos del que era su domicilio oficial, la casa de Michoacán. Neruda bautizó esta nueva casa como La Chascona –palabra quechua que significa “pelo desordenado” o “despeinada”, de uso común en Chile– uno de los apodos con que el poeta se refería a Matilde.
Era un terreno en pendiente, de unos trescientos cincuenta metros, por donde atravesaba un pequeño canal. El ruido del agua fue uno de los motivos para elegir ese sitio. En 1953 Neruda le pide a su amigo arquitecto, Germán Rodríguez Arias, los planos para una casa. Los planos fueron discutidos largamente, se dieron varias vueltas a la propuesta, y finalmente Neruda lo cambió por completo, giró la ubicación, significando menos luz y muchas escaleras, justamente lo que él quería. Pero se trataba, al comienzo, de una pequeña vivienda de 100 metros cuadrados, así y todo, durante la construcción fueron muchos más los cambios, y los muros se transformaron en ventanales.
En febrero de 1955 Pablo Neruda se separa de Delia del Carril, y llega a vivir a La Chascona, donde ya se había instalado Matilde desde hacía aproximadamente un año. Comenzaron las ampliaciones, y la compra de un terreno aledaño. Entonces, hacia 1958, la casa es tal como la conocemos ahora, tres grandes volúmenes separados, en pendiente, unidos en el espacio exterior por escaleras y terrazas, todo en formas irregulares, distintas alturas y materialidades, actuando la vegetación como un elemento unificador. Difícil hablar de una lógica, de una preocupación por el vivir cotidiano, si pensamos, por ejemplo, que el salón está a muchas escaleras y terrazas del comedor.
A la muerte de Neruda, esta casa sufrió un ataque de vandalismo por parte de las fuerzas militares, la casa fue inundada por su propio canal, y a pesar de ese estado, y por dejar un testimonio de estos hechos, en ella se realizó el velatorio, y desde allí salió el cortejo hacia el cementerio. Acto que se constituirá en la primera manifestación pública de repudio al golpe militar.El amor entre Pablo y Matilde, anotado en tantos poemas del poeta, iniciados en Los versos del Capitán, queda de manifiesto en esta casa de manera concreta en las rejas de las ventanas en que se entrelazan las letras P y M.
El recorrido por esta casa de extraña contextura se inicia por el bar continuo al comedor, donde comienzan a asomar las colecciones de pintura, más que nada bodegones antiguos, y algunos cuadros representativos de artistas chilenos, muchos de los cuales trabajaron con él ilustrando sus poemas. El bar pertenecía a un antiguo barco francés, cuya cubierta es de peltre; el comedor, una mesa angosta y larga en una sala con un techo de barco que termina en una pequeña puerta, casi secreta, que da acceso a una escalera de caracol, muy estrecha, que lleva a un dormitorio. En otro de los espacios de la casa está el salón, donde está el famoso cuadro que Diego Rivera pintara de Matilde en que escondido en su pelo está el perfil de Neruda, cuadro pintado en un viaje a Chile de Rivera en 1953, y dos obras de Fernand Leger, quién también realizó ilustraciones para la edición francesa de Canto general. Sobre el salón está el dormitorio de Pablo y Matilde. Luego de subir escaleras y pendientes, antes del tercer volumen se encuentra otro bar que está repleto de figuras pintorescas, colecciones diversas, zapatos gigantes, todo puesto a modo de entretención y juego. Y luego la biblioteca y el escritorio, donde se pueden revisar las condecoraciones y premios recibidos por Neruda, incluyendo, desde luego, la medalla del Premio Nobel. Repartidos por la casa, se encuentra una colección curiosa que apasionó a Neruda. Son objetos de diversa índole: bandejas de distintos tamaños, mesas, cubos, biombos, paragüeros, platos, copas e individuales para mesas, todos con el sello de la original creatividad del diseñador Piero Fornasetti, que hicieron furor a mediados de los años cincuenta. Hay además, algunos objetos que corresponden a artesanía típica chilena, especialmente figuras en greda negra de Quinchamalí, que por los tiempos en que Neruda las compró y atesoró, no eran en absoluto valoradas, e impensadas como objetos de decoración. Este aporte de Neruda en cuanto al rescate de lo chileno, que está tan presente en su poesía como en el detalle señalado –del que hay muchos otros ejemplos valiosos– constituye parte importante de lo que la persona de Neruda ha devenido en el imaginario nacional, algo que se podría explicar como el agradecimiento implícito hacia quién ha jerarquizado y puesto en valor aquello que correspondía a lo más popular y humilde, y por ello, relegado, dejado fuera del buen gusto establecido y aceptado como tal.
" ... cayó la mortaja hecha noche; la luna apenas si puede con su linterna sobre la bruma. Es la hora en que los sueños salen a caminar por los muelles... Él respira y construye el espejo de nuestras miserias y nuestras grandezas, aquellas que dejamos de lado cuando debemos enfrentar su furia; así y todo, nos ha sido dada la forma adecuada para saludarlo como un fruto de la memoria..." Fragmento de papel hallado en una botella, luego de la tempestad. Sergio Pravaz
El nacimiento de Cifar
Hay una isla en el playón,
pequeña
como la mano de un dios indígena.
Ofrece frutas rojas
a los pájaros
y al náufrago
la dulce sombra de un árbol.
Allí nació Cifar, el navegante,
cuando a su madre
se le llegó su fecha, solitaria
remando a Zapatera.
Metió el bote en el remanso
mientras giraban en las aguas
tiburones y sábalos
atraídos por la sangre.
Pablo Antonio Cuadra
playa
los poemas marinos acelerarán la llegada del verano

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