El nacimiento de Cifar







Hay una isla en el playón,

pequeña

como la mano de un dios indígena.


Ofrece frutas rojas

a los pájaros

y al náufrago

la dulce sombra de un árbol.


Allí nació Cifar, el navegante,

cuando a su madre

se le llegó su fecha, solitaria

remando a Zapatera.


Metió el bote en el remanso

mientras giraban en las aguas

tiburones y sábalos

atraídos por la sangre.



Pablo Antonio Cuadra







playa

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los poemas marinos acelerarán la llegada del verano

domingo, 14 de noviembre de 2010

la sebastiana

"Siento el cansancio de Santiago. Quiero hallar en Valparaíso una casita para vivir y escribir tranquilo. Tiene que poseer algunas condiciones. No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojala invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo pero cerca de la movilización. Independiente, pero con comercio cerca. Además tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré encontrar una casa así en Valparaíso?” Escribe Neruda a una amiga en el año 1959. Y todas esas exigencias eran cumplidas a cabalidad por una empinada construcción en el cerro Bellavista, a medio terminar, heredada, por una familia que no sabía que hacer con ella, de don Sebastián Collado, un constructor español que había pensado pasar sus últimos años en ella, pero la muerte llegó antes. Entonces, Neruda se enamoró de la casa y la compró. Eran cuatro pisos, los dos primeros los adquirió un matrimonio amigo de los Neruda, Francisco Velasco y María Martner, una artista original que realizó la magnífica chimenea de piedras de Isla Negra, Neruda le encargó muchos trabajos para sus casas pues admiraba a esta artista de la piedra que realizó el mural que se encuentra en la subida de la escalera del primer piso de La Sebastiana, basado en un mapa de la Patagonia que tenía el poeta.

La casa fue inaugurada el 18 de septiembre –día de fiestas patrias en Chile– de 1961, con una gran fiesta, “Siempre quisimos tener un punto nuestro en el Puerto, en donde estuviéramos rodeados por el sortilegio de Valparaíso. Por fin aquí, gracias a cada uno de Uds. y a nuestra insondable locura ha nacido hoy La Sebastiana. Los acogeremos en este primer día abriendo de par en par las puertas para Uds. y para siempre. Matilde y Pablo Neruda.” –decía la invitación.

Cuatro pisos, al que Neruda agregó un altillo sin poder contener su afán de constructor. Aunque al comprarla en obra gruesa las formas no le pertenecen al poeta, en su interior hay señales elocuentes de su gusto, de su impenitente búsqueda de una ornamentación personal. A medida que se sube por las estrechas escaleras, el mar va adquiriendo más y más presencia, ofreciendo una espléndida vista a la bahía y a la costa que se pierde hacia el norte y manteniendo siempre otra mirada hacia los cerros poblados del puerto.

Esta casa estrecha, está llena de rincones interesantes, de objetos y cuadros de la infinita colección nerudiana, un retrato de su admirado Lord Cochrane, colecciones de platos con globos aerostáticos, muchos mapas, antiguas marinas, vitrales, un pájaro embalsamado traído de Venezuela, una espléndida sopera italiana con la forma de una vaca, que se usaba para los ponches, un cuadro que es a su vez caja de música y reloj, y paredes pintadas en rosados, azules, amarillos, verdes, solferinos. Y además de los grandes ventanales, claraboyas de barco que miran hacia tierra.

Esta casa, restaurada como el poeta la mantenía, fue abierta al público el 1 de enero de 1992.

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