" ... cayó la mortaja hecha noche; la luna apenas si puede con su linterna sobre la bruma. Es la hora en que los sueños salen a caminar por los muelles... Él respira y construye el espejo de nuestras miserias y nuestras grandezas, aquellas que dejamos de lado cuando debemos enfrentar su furia; así y todo, nos ha sido dada la forma adecuada para saludarlo como un fruto de la memoria..." Fragmento de papel hallado en una botella, luego de la tempestad. Sergio Pravaz
El nacimiento de Cifar
Hay una isla en el playón,
pequeña
como la mano de un dios indígena.
Ofrece frutas rojas
a los pájaros
y al náufrago
la dulce sombra de un árbol.
Allí nació Cifar, el navegante,
cuando a su madre
se le llegó su fecha, solitaria
remando a Zapatera.
Metió el bote en el remanso
mientras giraban en las aguas
tiburones y sábalos
atraídos por la sangre.
Pablo Antonio Cuadra
playa
los poemas marinos acelerarán la llegada del verano
jueves, 28 de abril de 2011
trágica gaviota patagónica ( d Hector Peña)
Fermín sabía que la gaviota gris volvería esa tarde. O tal vez no; tal vez a ella también el tedio, la desesperanza, el abandono, la alejaran para siempre de aquel rincón perdido en la inmensidad patagónica. Pero el viejo sabía que era una tontería pensar eso, que las gaviotas como los caballos y los perros y los pumas y las ovejas no tenían esos problemas, esas angustias, esos abrojos del monte que se prenden porque sí en el alma de los humanos, asi fuesen ricos o pobres, blancos o negros, "léidos" o rústicos peones de campo...
Fermín era el puestero de la estancia "Los ñires" desde hacía seis años. Poco a poco había ido modificando aquella rústica construcción que le servía de vivienda: dos habitaciones hechas con un poco de madera de lenga, un poco de chapa, un poco de cartón y mucha soledad que parecía colarse por los requicios de algún mal ensamble, y también filtrarse por entre los viejos tablones del piso elevado cuando el casi infaltable viento del oeste barría con su saña habitual la Patagonia meridional. A pocos pasos estaba el ranchito que servía para guardar los fardos de pasto, herramientas, aperos y un poco de leña seca. Más allá, como escondido entre un matorral alto de calafates, el servicio de chapas oxidadas. Ese era su ámbito, a una legua y media de la estancia...
El caballo tenía solamente colocado el bozal, del cual pendía el cabestro. Ambos, obra de las manos hábiles del viejo Cachimba. Llevó al animal unos metros más lejos del rancho y ató el cabestro al extremo de un largo lazo; el otro extremo estaba fuertemente atado al tronco de una lenga. Ahí siempre ataba al guardiero. Tenía otro caballo, un azulejo ya veterano, al que por esa razón usaba muy de cuando en cuando. Era tan manso que lo dejaba pastar suelto; no se alejaba más de media legua del puesto.
Volvió y preparó finalmente el mate...
Entrecerrando los ojos grises empequeñecidos por esos párpados viejos que ya habían sostenido muchísimas madrugadas, recordó los tiempos pasados. Aquella sucesión de hechos, circunstancias, dolores y alegrías que configuraban su vida, solían llegara su memoria como una agridulce resaca que mecía, entre brumas de olvidos y nostalgia, el mar de los recuerdos. El viejo Cachimba creía ciertamente en el destino. Pero no en esa suerte de determinismo personal y excluyente, tal destino para fulano y tal destino para mengano. No, el destino era la vida, igual para todos. Era el tiempo, el suceder ineluctable de las noches y los días, de nevazones y de vientos, de vida y de muerte.
Siguó raspando suavemente el palito de calafate...
viernes, 22 de abril de 2011
Casablanca
TCM - El cine que ya tenías que haber visto > Galerías > Casablanca
Título original
Casablanca
USA - 1942 - 99 min.
Director: Michael Curtiz
Intérpretes: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains, Paul Henreid, Sydney Greenstreet
Sinopsis
"Casablanca" pertenece a esa selecta nómina de películas que, por inmortales y duraderas, continúan acaparando espectadores generación tras generación. Formó en nuestra imaginación el arquetipo de perdedor, Humphrey Bogart, con un pasado intenso y lleno de pliegues. Y con él, el de la mujer triste, abocada a un futuro que no controla, atrapada en un amor a todas luces imposible… Más de uno se pregunta cómo fue posible que una película tan salpicada de incidencias en su rodaje no sólo llegara a terminarse sino, además, a convertirse en el gran icono cinematográfico del siglo XX.
Título original
Casablanca
USA - 1942 - 99 min.
Director: Michael Curtiz
Intérpretes: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains, Paul Henreid, Sydney Greenstreet
Sinopsis
"Casablanca" pertenece a esa selecta nómina de películas que, por inmortales y duraderas, continúan acaparando espectadores generación tras generación. Formó en nuestra imaginación el arquetipo de perdedor, Humphrey Bogart, con un pasado intenso y lleno de pliegues. Y con él, el de la mujer triste, abocada a un futuro que no controla, atrapada en un amor a todas luces imposible… Más de uno se pregunta cómo fue posible que una película tan salpicada de incidencias en su rodaje no sólo llegara a terminarse sino, además, a convertirse en el gran icono cinematográfico del siglo XX.
viernes, 1 de abril de 2011
JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD
Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
Jorge Luis Borges, 1985
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