El nacimiento de Cifar







Hay una isla en el playón,

pequeña

como la mano de un dios indígena.


Ofrece frutas rojas

a los pájaros

y al náufrago

la dulce sombra de un árbol.


Allí nació Cifar, el navegante,

cuando a su madre

se le llegó su fecha, solitaria

remando a Zapatera.


Metió el bote en el remanso

mientras giraban en las aguas

tiburones y sábalos

atraídos por la sangre.



Pablo Antonio Cuadra







playa

playa
los poemas marinos acelerarán la llegada del verano

miércoles, 26 de mayo de 2010

troya






El hombre siempre quiso vivir eternamente. Y así nos preguntamos. ¿ harán nuestras acciones eco a través de los siglos? ¿Extraños escucharán nuestros nombres cuando ya no estemos? Y preguntarán quiénes somos? ¿ cuán valientemente peleamos? cuán intensamente amamos?

jueves, 20 de mayo de 2010


Y luché contra el mar toda la noche, desde Homero hasta Joseph Conrad, para llegar a tu rostro desierto y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere

domingo, 16 de mayo de 2010

Soneto XLII


Radiantes días balanceados por el agua marina,
concentrados como el interior de una piedra amarilla
cuyo esplendor de miel no derribó el desorden:
preservó su pureza de rectángulo.
Crepita, sí, la hora como fuego o abejas
y es verde la tarea de sumergirse en hojas,
hasta que hacia la altura es el follaje
un mundo centelleante que se apaga y susurra.
Sed del fuego, abrasadora multitud del estío
que construye un Edén con unas cuantas hojas,
porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos
sino frescura o fuego, agua o pan para todos,
y nada debería dividir a los hombres
sino el sol o la noche, la luna o las espigas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

la nieve ... Orhan pamuk

1. El silencio de la nieve

El viaje a Kars

El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba
sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si
hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo
que sentía en su interior el silencio de la nieve.
Alcanzó en el último momento el autobús que le llevaría
de Erzurum a Kars. Había llegado a la estación de Erzurum
procedente de Estambul después de un viaje tormentoso y nevado
de dos días, y mientras recorría los sucios y fríos pasillos
intentando enterarse de dónde salían los autobuses que podían
llevarle a Kars alguien le dijo que había uno a punto de salir.
El ayudante del conductor del viejo autobús marca Magirus
le dijo «Tenemos prisa», porque no quería volver a abrir
el maletero que acababa de cerrar. Así que tuvo que subir consigo
el enorme bolsón cereza oscuro marca Bally que ahora reposaba
entre sus piernas. El viajero, que se sentó junto a la ventanilla,
llevaba un grueso abrigo color ceniza que había comprado
cinco años atrás en un Kaufhof de Frankfurt. Digamos ya que
este bonito abrigo de pelo suave habría de serle tanto motivo de
vergüenza e inquietud como fuente de confianza en los días que
pasaría en Kars.
Inmediatamente después de que el autobús se pusiera
en marcha el viajero sentado junto a la ventana abrió bien los
ojos esperando ver algo nuevo y, mientras contemplaba los suburbios
de Erzurum, sus pequeñísimos y pobres colmados, sus
hornos de pan y el interior de sus mugrientos cafés, la nieve
comenzó a caer lentamente. Los copos eran más grandes y tenían
más fuerza que los de la nieve que le había acompañado
a lo largo de todo el viaje de Estambul a Erzurum. Si el viajero
que se sentaba junto a la ventana no hubiera estado tan cansado
del viaje y hubiera prestado un poco más de atención a los
enormes copos que descendían del cielo como plumas, quizá hubiera
podido sentir la fuerte tormenta de nieve que se acercaba
y quizá, comprendiendo desde el principio que había iniciado
un viaje que cambiaría toda su vida, habría podido volver atrás.
Pero volver atrás era algo que ni se le pasaba por la cabeza
en ese momento. Con la mirada clavada en el cielo, que
se veía más luminoso que la tierra según caía la noche, no consideraba
los copos cada vez más grandes que esparcía el viento
como signos de un desastre que se aproximaba sino como señales
de que por fin habían regresado la felicidad y la pureza
de los días de su infancia. El viajero sentado junto a la ventana
había vuelto a Estambul, la ciudad donde había vivido sus
años de niñez y felicidad, una semana antes por primera vez
después de doce años de ausencia a causa del fallecimiento de
su madre; se había quedado allí cuatro días y había partido en
aquel inesperado viaje a Kars. Sentía que la extraordinaria belleza
de la nieve que caía le provocaba más alegría incluso que
la visión de Estambul años después. Era poeta, y en un poema
escrito años atrás y muy poco conocido por los lectores turcos
había dicho que a lo largo de nuestra vida sólo nieva una vez en
nuestros sueños.
Mientras la nieve caía pausadamente y en silencio, como
nieva en los sueños, el viajero sentado junto a la ventana
se purificó con los sentimientos de inocencia y sencillez que llevaba
años buscando con pasión y creyó optimistamente que
podría sentirse en casa en este mundo. Poco después hizo algo
que llevaba mucho tiempo sin hacer y que ni siquiera se le habría
ocurrido y se quedó dormido en el asiento.
Demos cierta información sobre él en voz baja aprovechándonos
de que se ha dormido. Llevaba doce años viviendo
en Alemania como exiliado político aunque nunca se había
interesado demasiado por la política. Su verdadera pasión,
lo que ocupaba todos sus pensamientos, era la poesía. Tenía
cuarenta y dos años, estaba soltero y nunca se había casado.
Acurrucado en el asiento no se le notaba, pero era bastante alto
para ser turco y tenía la piel clara, que habría de palidecer
aún más durante aquel viaje, y el pelo castaño. Era un hombre
tímido a quien le gustaba la soledad. De haber sabido que
poco después de dormirse su cabeza cayó sobre el hombro y luego
sobre el pecho del viajero que tenía al lado debido a las sacudidas
del autobús, se habría avergonzado muchísimo. El viajero
cuyo cuerpo caía sobre el vecino era un hombre honesto
y bienintencionado y siempre estaba melancólico como los personajes
de Chejov, que a causa de esas mismas particularidades
fracasan en sus aburridas vidas. Volveremos a menudo sobre
la cuestión de la melancolía. Tengo que decir que el nombre del
viajero, que se ve que, a juzgar por su incómoda forma de estar
sentado, no seguirá dormido mucho más, era Kerim Alakus
¸og˘lu pero que, como no le gustaba en absoluto, prefería
que le llamaran Ka, por sus iniciales, y eso será lo que haremos
en este libro. Nuestro protagonista escribía testarudamente
su nombre como Ka ya en los años de la escuela en ejercicios
y exámenes, firmaba Ka en las listas de la universidad y siempre
estaba dispuesto a discutir al respecto con cualquier profesor
o funcionario. Como había publicado sus libros de poesía
con aquel alias que había conseguido que aceptaran su madre,
su familia y sus amigos, el nombre de Ka poseía cierta mínima
y misteriosa fama en Turquía y entre los turcos de Alemania.
Y ahora, como el conductor que les desea buen viaje a sus
pasajeros después de salir de Erzurum, yo también voy a añadir
algo: que tengas buen viaje, querido Ka... Pero no quiero engañarles:
soy un viejo amigo de Ka y sé lo que le ocurrirá en Kars
antes incluso de comenzar esta historia.
Después de Horasan el autobús se desvió hacia el norte
en dirección a Kars. Ka se despertó bruscamente cuando un
carro apareció de repente en una de las cuestas que se elevaban
retorciéndose y el conductor dio un fuerte frenazo. No le llevó
demasiado tiempo adherirse al clima de hermandad que se creó
en el autobús. Aunque estaba sentado justo detrás del conductor,
cuando el autobús frenaba en las curvas o cuando pasaban
junto a un barranco, él, como los pasajeros de atrás, se ponía en
pie para ver mejor la carretera, señalaba con el índice, intentando
mostrársela, una esquina que se le había escapado al pasajero
que limpiaba el empañado parabrisas con el gozo de ayudar
al conductor (la colaboración de Ka pasó desapercibida) e
intentaba descubrir, como el conductor, hacia dónde se ex-
tendía el asfalto, ahora invisible, cuando arreció la ventisca y los
limpiaparabrisas se mostraron incapaces de limpiar el cristal
delantero, repentinamente blanco.
Las señales de tráfico no se podían leer porque las cubría
la nieve. Cuando la ventisca comenzó a golpear con fuerza,
el conductor apagó las luces largas y el interior del autobús
se oscureció mientras que la carretera se hacía más clara en la
penumbra. Los pasajeros, atemorizados y sin hablar entre ellos,
miraban las calles pobres de los pueblos bajo la nieve, las luces
pálidas de casas destartaladas de un solo piso, los caminos ya
cerrados que llevaban a lejanas aldeas y los barrancos que las farolas
apenas iluminaban. Si hablaban lo hacían en susurros.
El compañero de asiento de Ka, en cuyo regazo se había
quedado dormido, le preguntó también en un susurro a qué
iba a Kars. Era fácil darse cuenta de que Ka no era nativo de allí.
—Soy periodista —musitó Ka... Eso no era cierto—.
Voy por las elecciones municipales y por las mujeres que se suicidan
—eso sí que lo era.
—Todos los periódicos de Estambul han publicado que
el alcalde de Kars ha sido asesinado y que las mujeres se suicidan
—dijo su compañero de asiento con un fuerte sentimiento
que Ka no pudo descubrir si era orgullo o vergüenza.
Ka habló de vez en cuando a lo largo del viaje con aquel
delgado y apuesto campesino con el que volvería a encontrarse
tres días más tarde en Kars mientras los ojos le lloraban bajo la
nieve en la calle Halitpa¸sa. Se enteró de que había llevado a su
madre a Erzurum porque el hospital de Kars no era lo bastante
bueno, que se dedicaba a la ganadería en una aldea cercana a
Kars, que se ganaba a duras penas la vida pero que no era ningún
rebelde, que —por misteriosas razones que no podía explicar
a Ka— se sentía triste no por él sino por el país y que estaba
contento de que alguien tan culto como Ka viniera desde el mismísimo
Estambul a interesarse por los problemas de Kars. Había
algo noble en su simple manera de hablar y en su actitud
mientras lo hacía que despertaba respeto en Ka.
Ka sintió que la mera presencia del hombre le daba
tranquilidad. Ka recordaba aquella tranquilidad, que no había
sentido en sus doce años en Alemania, de cuando le gustaba
comprender y tener cariño a alguien más débil que él. En momentos
así intentaba ver el mundo a través de la mirada de la
persona por la que sentía compasión y afecto. Cuando lo hizo
ahora, Ka se dio cuenta de que le tenía menos miedo a la interminable
tormenta de nieve, de que no caerían rodando por
un barranco y de que, aunque fuera tarde, el autobús acabaría
por llegar a Kars.
Cuando el autobús llegó a las nevadas calles de Kars
a las diez, con tres horas de retraso, Ka fue incapaz de reconocer
la ciudad. No pudo descubrir dónde estaban ni el edificio
de la estación que había aparecido frente a él el día de primavera
en que había llegado veinte años atrás en un tren de vapor
ni el hotel República, con teléfono en todas las habitaciones, al
que le había llevado el cochero después de pasearle por toda la
ciudad. Todo parecía haber sido borrado, haber desaparecido
bajo la nieve. El par de coches de caballos que esperaban en la
estación le recordaban el pasado pero la ciudad era mucho más
triste y pobre que la que Ka recordaba haber visto años antes.
A través de las ventanas congeladas del autobús, Ka vio edificios
de cemento como los que se habían construido por toda Turquía
en los últimos diez años, anuncios de plexiglás, iguales en
todos sitios, y carteles electorales que colgaban de cuerdas extendidas
de un lado al otro de las calles.
En cuanto se bajó del autobús y sus pies se posaron en
la blanda tierra un intenso frío le subió por la pernera de los pantalones.
Mientras preguntaba por el hotel Nieve Palace, donde
había reservado habitación por teléfono desde Estambul, vio
caras conocidas entre los pasajeros a los que les entregaba el
equipaje el auxiliar del conductor, pero no pudo descubrir de
quiénes se trataba bajo la nieve.
Volvió a verles en el restaurante Verdes Prados, al que
fue después de instalarse en el hotel. Un hombre avejentado y
cansado pero todavía apuesto y atractivo con una mujer gruesa
pero activa que por lo que se veía era su compañera en la vida.
Ka los recordaba de Estambul, de las obras de teatro políticas,
tan llenas de consignas: el hombre se llamaba Sunay Zaim.
Mientras les contemplaba absorto se dio cuenta de que la mujer
se parecía a una compañera de clase de la escuela primaria. Ka
vio también la piel pálida y muerta tan propia de los ambientes
teatrales en los otros hombres que les acompañaban a la mesa.
¿Qué hacía aquella pequeña compañía de teatro esa nevosa noche
de febrero en aquella ciudad olvidada? Antes de salir del
restaurante, que veinte años antes se mantenía gracias a funcionarios
encorbatados, Ka creyó ver en otra mesa a uno de los héroes
izquierdistas de la revolución armada de los setenta. Pero
parecía que sus recuerdos se hubieran borrado bajo una capa de
nieve, como Kars y el restaurante, cada vez más empobrecidos
y pálidos.
¿No había nadie en la calle a causa de la nieve o de hecho
nunca había nadie en aquellas congeladas aceras? Leyó cuidadosamente
los carteles electorales de los muros, los anuncios
de academias y restaurantes y los pósters en contra del suicidio
que la delegación del Gobierno acababa de fijar y en los que estaba
escrito «El Ser Humano es una Obra Maestra de Dios y el
Suicidio una Blasfemia». Ka vio a un grupo de hombres que
contemplaban la televisión en una casa de té medio llena con
las ventanas cubiertas de escarcha. Le alivió un tanto ver los antiguos
edificios de piedra de construcción rusa que en su memoria
convertían a Kars en un lugar especial.
El hotel Nieve Palace, con su arquitectura báltica, era
una de esas elegantes construcciones rusas. A aquel edificio de
dos pisos y estrechas y altas ventanas se entraba pasando bajo un
arco que daba a un patio. Mientras cruzaba aquel arco, construido
ciento diez años antes y bastante alto como para que los coches
de caballos pudieran pasar con comodidad, Ka sintió una
emoción indefinida, pero estaba tan cansado que no le dio demasiadas
vueltas. Con todo, tengo que decir que dicha emoción
tenía que ver con una de las razones por las que Ka había
venido a Kars: tres días antes, cuando Ka fue de visita al diario
La República en Estambul, se encontró con Taner, un amigo
de la juventud, y éste le contó que en Kars iba a haber elecciones
municipales y que, al igual que había ocurrido en Batman,
las jóvenes de Kars parecían infectadas por una extraña epidemia
de suicidios, y le propuso que fuera a Kars si quería escribir
al respecto y así ver y conocer la Turquía real después de doce
años de ausencia, y que como nadie parecía presentarse volun-
tario para aquel trabajo podría darle una tarjeta de prensa provisional,
y además añadió que la bella ˙Ipek, su compañera de
universidad, también estaba en Kars. Aunque se había separado
de Muhtar, ˙Ipek seguía viviendo allí en compañía de su padre
y su hermana, en el hotel Nieve Palace. Mientras escuchaba
las palabras de Taner, que hacía comentarios políticos para La
República, Ka recordó la belleza de ˙Ipek.
Ka subió a la habitación 203, en el segundo piso, cuya
llave le entregó el recepcionista Cavit mientras veía la televisión
en el vestíbulo de alto techo del hotel, y respiró tranquilo
después de cerrar la puerta. Se examinó con cuidado y concluyó
que, al contrario de lo que había temido durante todo el viaje,
ni su mente ni su corazón estaban preocupados por que ˙Ipek
estuviera o no en el hotel. Ka le tenía un pánico mortal a enamorarse,
con el poderoso instinto de quienes recuerdan su limitada
vida sentimental como una serie de sufrimientos y vergüenzas.
A medianoche, con el pijama ya puesto y antes de meterse
en la cama, entreabrió ligeramente las cortinas. Contempló
cómo los enormes copos de nieve caían sin cesar

domingo, 9 de mayo de 2010

poema 18

Aqui te amo.
En los obscuros pinos se desenreda el viento
fosforece la luna sobre las aguas errantes
andan dias iguales persiguiéndose.

Se descine la niebla en danzantes figuras
una gaviota de plata se descuelga del ocaso
a veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco solo.
A veces amanezco y hasta mi alma
esta húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.

Pablo Neruda

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